Carmen es patológicamente puntual. Tanto que un minuto de las dos ya no es hora punta y le desconcierta que a partir de las dos no pueda quedarse frente al Restaurante Pomodoro. Las dos y un minuto camino de las dos y tres minutos y Carmen frunce el ceño. Extrañada. Sin entender que no debiera estar allí, mira su reloj parado y entra en el Restaurante, quizás con cierta celeridad como si tuviera prisa y pide su mesa.
Perdone…. ¿Carmen de la Torre ha dicho? ¿… que nos llamó para hacer reserva? Pues no, que extraño, debe haber un error – le dice un camarero amable – pero no se preocupe, tenemos mesas de sobra. Y Carmen acepta una mesa al fondo, discreta, retirada del resto, alejada de miradas extrañas.
Mesa para dos. El mantel muy blanco, como el traje de una novia, cubiertos plateados y el cristal de la copa que brilla en exceso. Carmen comienza a sentir cierta angustia lejana. ¿Desea tomar algo mientras espera? – Le dice el camarero comanda en mano. Carmen siente cierta intranquilidad. Todo irá bien. Este hombre no me espía. Y Carmen se sonroja porque no está acostumbrada a que la miren, la observen…. La espíen. Es un espía. Está segura. Ella también lo es. Se siente repentinamente malhumorada y fastidiada. Sin mirarle dice con chirriar y lejana histeria en su voz. Vocalizando con mayor intensidad al hablar. Que no desea tomar nada de momento, que esperará. Y comienza a juguetear con la copa, con esa necesidad de tener algo en las manos que la distraiga de su yo, haciéndola girar sobre el mantel que rompe su armonía. Carmen, que cada vez sujeta la copa con mayor fuerza creyendo atravesar la tela. Incluso en algún lugar de sus pupilas cree ver la copa hecha añicos en su mano que ensangrentada deja caer gotas rojas sobre la blancura del mantel. Creo ver. Todo es mentira Carmen. Momentáneamente abandona la copa mirando de reojo al resto de mesas. No se fía de nadie y apretando con determinación su boca, sujeta fuerte un tenedor en su puño.
Pero no han pasado ni diez segundos que Carmen se sonríe relajada. Que su entorno se llena de gente, camareros que van y vienen, comensales que piden sus platos. Sí. Se siente de repente con fuerza para tomar una copa de vino tinto mientras espera a su pareja. Pareja. Par. Dos. Dos platos. Cubiertos para dos. Dos servilletas. Pares. Y se nota infantil y exaltada hasta la locura y le hace una seña al camarero que la recibe con menos amabilidad. Que sonríe y le pide un vino de la casa, media botella, incluso se atreve a toquetear un mechón de pelo con cierta coquetería y a jugar con su mirada en la mirada del otro. El camarero se siente incluso abrumado, abochornado.
Ya más calmada, Carmen saborea un Rioja mientras contempla un ventilador de techo que gira lentamente refrescando un ambiente primaveral. Está llena de energía, exultante en su vestir discreto y reservado. Altiva. Saborea el vino, en su paladar, que cae suavemente una gota por su barbilla, que resbala al mantel dejando una mancha estrellada del color de la sangre. Carmen, la sangre …
Y entonces mira el reloj colgado de una pared que marca ya cerca de las dos y media. Sabe que la aguja larga no debe acercarse al treinta. Sssshh tranquila. En su perversa y retorcida imaginación esa manilla debe detenerse porque con su movimiento, hace girar el ventilador con mayor velocidad. Y el ventilador hace girar las aspas como cuchillos afilados. Y esos cuchillos pueden soltarse y sesgar. Cortar cabezas, cortar brazos, cortar piernas. Alarma y espanto que intenta mitigar con disimulo. Puedo solucionarlo, puedo levantarme y pedir que paren el ventilador. O el reloj, Carmen también puede pedir que detengan el reloj. ¿Se encuentra usted bien, señora? – Carmen, no se han soltado las aspas, mira a tu alrededor
Tengo que relajarme. Esto no es real. Póngame una ensalada de espinacas con queso parmesano. Sí, seremos dos, pero ya no esperaré. Solo es real el plato vacío. No anticipes el futuro, Carmen, no anticipes las dos y media. Carmen, Carmen, no te escondas, ya ocurrió, que la hora ya pasó, ya pasó, que ya pasó…. Tararea Carmen. Se levanta con lentitud y directa al baño de señoras se le anticipa una mujer joven que le cierra la puerta. Y Carmen allí de pie, frente a una puerta cerrada, se siente morir porque la voz le está cantando en susurros algo que no consigue escuchar, como si llegara de lejos, del otro extremo del Restaurante, de la boca de un joven que come relajado un plato de pasta que parecen culebras en su boca, que se mueven que le mandan mensajes que casi no percibe. Sal. Sal. Sal. Solo desea que salga esa mujer del baño. Sal sal sal pide y suplica la voz que Carmen susurra como una cancioncilla y cuando puede entrar asustada, busca en el baño desenfrenadamente algo que ya está perdido en su memoria. Debajo del lavabo, detrás del wáter, en la papelera. Tiene que estar allí, en algún lugar. Entonces mira el espejo que le devuelve la imagen de una mujer que sin ser bella resulta bien parecida ya cerca de los ochenta años, arrugada, estropeada…. Pero que fue admirable. Se sonríe de repente, abiertamente, relajada y tranquila ante una imagen distorsionada. Y comienza a maquillar un rostro ya maquillado. Mis labios en rojo intenso, púrpura y una sombra de ojos algo más azul que los míos, y un lápiz negro que marca una línea en el párpado algo más gruesa y fuerte que endurece mi rostro. No quiero resultar dulce. No soy dulce. Soy hermosa. Sonríe.
Regresa a su mesa que ya no recuerda porqué se levantó y continua de nuevo relajada. Y saborea su vino tinto. Cabeza altiva, orgullosa. Dejando una marca muy roja de labios en la copa. Pero cuánta fragilidad se percibe en ese cristal ya vació. Me miran. Los mira. ¡QUÉ ESTÁN MIRANDO! Y en la mesa de al lado retiran su mirada. Disimulan. Caen más gotas en el mantel blanco. Miedo otra vez, ansiedad que le sube desde el estómago y que se encoge y congela. El desasosiego que trepa hasta su garganta, y su angustia que le estalla en la sien y grita ¡NO ME MIREN!. Y Carmen que comienza a sentir lejanas convulsiones y rigidez en el cuello, alarga el brazo para alcanzar a duras penas su bolso de colores llamativos para tomar las pastillas que le recetó su psiquiatra. No entiende nada. Ni le han servido un plato todavía y sigue sin comprender por qué está sentada en una mesa para dos si ella vino sola.
Almudena González R

