Reto: Miedo

Brazos largos y huesudos asomaban por debajo de la cama, se movían incesantes buscando el cuerpo de un niño empapado en sudor.

Un fuerte olor a excremento y carne quemada se adueñaba de la habitación.  Franz se atrevió a mirar más abajo y aterrado descubrió unos rostros enjutos, cadavéricos. Podía sentir su sufrimiento, su horror todos estaban hacinados en un barracón. 

Al fondo viniendo de la oscuridad un hombre uniformado con un brazalete rojo y la cruz esvástica dibujada dentro.

Venciendo su miedo le miró a la cara y se sorprendió, era muy extraño pero aquel hombre le resultaba familiar.

Muchas de aquellas personas tenían grandes moratones y heridas sangrantes por todo el cuerpo; Otros, sus rostros desfigurados por balazos que atravesaban sus cabezas por la sien.

El niño se despertó gritando, la cama estaba mojada no solo de sudor.

Franz jamás podría olvidar aquella pesadilla de su infancia; contaba solo con diez años. Fue la primera de una larga serie de extraños sueños, visiones y experiencias extrasensoriales. Al recordarlo un escalofrío recorrió su cuerpo y el vello se le erizó. Su mirada permanecía perdida al fondo del paisaje urbano berlinés.

—¡Franz Weber, no has escuchado nada de lo que acabo de decirte! — Exclamó Helga sentada frente a él. 

 —Disculpa, los fantasmas del pasado que me persiguen y nunca mejor dicho. — Respondió con cierto tono entre la ironía y la desesperación.

—Tienes mala cara, nos conocemos desde el instituto y sé cuándo te preocupa algo ¿has vuelto a tener alguna pesadilla?

—Si solo fuera eso… lo siento debo de volver al periódico. Quedamos mañana y te explico con más tiempo. — Interrumpió mirando su reloj de pulsera.   

—De acuerdo, yo también estoy apurada hoy, pero con ganas de saber lo que te sucede. Mañana sin falta quedamos en mi casa yo me encargo de la comida y tú del vino. — Añadió, dándole una cariñosa palmada en la espalda. 

Ambos se despidieron en la puerta del restaurante Zille-Stube. Franz recorrió los escasos metros que le separaban del enorme edificio sede del periódico Berliner Zeitung, su lugar de trabajo desde hacía veinte años. Mientras Helga se dirigía en bici al hospital Alexianier St. Hedwig donde trabajaba en el departamento de psiquiatría.

Franz, ya en su mesa de la redacción abrió el cajón superior, sacó un papel y volvió a leer el mensaje: “Debes ir a Sachsenhausen, siguen necesitando tu ayuda. Por favor es urgente”. 

Rebuscó de nuevo en el cajón y extrajo una vieja carpeta de cartón dentro había fotografías antiguas y recortes de periódico. Tomó una de aquellas fotos donde aparecía la imagen de un soldado del tercer Reich y a sus espaldas la entrada al campo de concentración de Sachsenhausen.

Le miró a la cara y se estremeció, dio un resoplido y leyó en el reverso de la foto “Heinrich Weber 1944”.

—¡No sé qué más quieres de mí!, ¡Jamás conseguirás redimirte de todo el mal que hiciste! Exclamó desesperado.

Los compañeros más cercanos a su mesa ya estaban acostumbrados a este tipo de reacciones por su parte, así que siguieron trabajando sin prestarle la más mínima atención.

Terminó su artículo “la influencia del miedo en la conducta humana” que debía entregar y condujo en su coche eléctrico, casi una hora hasta llegar a lo que fue escenario de horror y aniquilación. Hoy en día este lugar se puede visitar y cuenta con varios monumentos erigidos en memoria de los miles de prisioneros y víctimas; con el fin de que jamás se olvide aquella barbarie sinsentido.

Se abrochó el chaquetón hasta arriba y se cubrió bien el cuello. Era un día brumoso de otoño; el olor a tierra mojada y hierba le sosegaron.

Traspasó la verja de hierro con el lema labrado “Arbeit macht frei” (El trabajo os hará libres); la primera mentira para más de 30.000 almas. 

Buscó un sitio donde acomodarse, necesitaba generar el estado propicio para ser un catalizador y conectar con las voces silenciadas. Este proceso le generaba mucha inquietud, pero la satisfacción de conseguir ayudarles era mayor.

Al sentarse se le alzó la pernera del pantalón, vio sus calcetines rojos con dibujos de animales, un regalo de Helga, que le hicieron sonreír. Se relajó y cerró los ojos.

Comenzó a escuchar el ulular del frío viento que agitaba las ramas de los árboles cercanos. El revolotear de los estorninos y pinzones buscando su lugar de descanso. La bruma humedecía su rostro, sintió que la temperatura bajaba de forma brusca y entre aquellos sonidos escuchó un susurro que le decía …

     Continuará …

                                 Silvia Jimeno 28/10/2020

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