Reto: lo que nos inspire «quiero dejar huella»

Tierra de Estrellas. Es donde vivo. Cuando era pequeño me imaginaba que el mundo se daba la vuelta. Las estrellas pasaban a ser la tierra y saltaba de una en una realizando las formas del sistema solar: La Osa Mayor, El Fénix, el Pavo, el Pez Volador. Y así iba pegando saltos por ellas hasta llegar a la que adoraba. «El Indio». Asociada a mi pueblo.

Como el mundo quedaba a la inversa, los muertos, cuyas almas dormían en las estrellas, pasaban a estar también en el suelo, y podía recogerlos con mis manos infantiles, imaginando que la arena de la playa era parte de ellos y que jugando resbalaban por mis manos. Sonrío en mis recuerdos.

Hoy continúo jugando con los dibujos de sus nombres para no olvidar: Denahi Pequeño Valle que murió matando al oso, Umi la Vida – mi madre – que siempre seguí viéndola por las noches, pues creo que nunca se fue del todo, Dasan el Lider de las Aves que siguió volando eternamente. Y así, uno a uno, dibujo sus rostros hasta donde me llega mi memoria y trato de recordar otros que forman parte de mis raíces.

Nuestros muertos nunca se van. Es lo que dice Mahaum nuestro Jefe. Yo también lo creo, y por eso cojo la arena de la orilla del mar y froto mi cuerpo y mi alma. En la tribu me esperan. Hoy es el día de mi iniciación a la edad adulta y mis antepasados estarán al menos impregnando mi piel. A lo largo de mi vida, los bisontes cruzaron el valle en primavera 14 veces. Mahaum me dice que su largo recorrido, dejando una estela de pisadas, es la edad que tengo.

Quiero dejar huella en la arena también para que Uma la Vida recoja parte de mí cuando deje de imaginar que el mundo da la vuelta. Sé que me ayudará a superar la Prueba del Fuego, pues por mis manos han pasado brasas ardientes en competiciones de aguante entre amigos. También la caza se me da bien, soy bueno con la honda.

Pero mi mayor respeto es enfrentarme al humo de la hoguera que condensan los guerreros en una de las tiendas. Sé lo que va a ocurrir. Lo he visto a hurtadillas en la iniciación de otros jóvenes. Cierro los ojos mientras me levanto y me imagino en el instante en que dejarán caer unos frutos silvestres al fuego. Con abanicos hechos con plumas del águila, van a lanzar el humo a mi rostro. Entraré en trance y es probable que sienta los ojos escocidos y llorosos mientras el humo atraviesa mi alma y mis pulmones y mi cuerpo empezará a desdoblarse. Subiré al techo de la tienda observándome de lejos. «Yo arriba y yo abajo». Me cuesta imaginarlo.

Pero no estaré solo, pues nuestros ancestros que siempre permanecen en la tribu, aunque estén en las estrellas, se mantendrán a mi lado. Voy a gritar, pero será más fuerte el sonido de los tambores. También sé que caeré al suelo y prácticamente desmayado, mi espíritu entrará en contacto con nuestros Dioses donde seré elegido. Lo que no sé todavía es si será Tsohanoai el Dios del Sol que cruza el universo con su espada, o Tirawa que creó el mundo y envió a las estrellas a soportar el cielo, quienes vengan a buscarme. Y en ese instante me uniré a ellos y cabalgaremos dejando mi primera pisada de adulto.

Almudena González R

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