Ayer soñé con la Bergaza, con su olor a fruta fermentada caída de los elegantes árboles que alcanzaban un cielo claro como el zafiro. Fruta madura, manzanas verdes y apetitosas mordidas por los pájaros. A romero, menta y lavanda que despiertan los sentidos y con mis ojos cerrados, paseé acariciando con coquetería las hiedras que remontan las piedras húmedas del caserío. Soñé con sus muros imposibles y abruptos y su portón en madera maciza dando paso a los pasillos oscuros y sombríos que traían los misterios de nuestro hogar.

Soñé con los sonidos del viento suave y la lluvia que se precipitaba y caía resbalando en mi rostro ya envejecido. Pero en mi sueño mi semblante se imaginaba infantil como la niña que fui. Soñé con vosotros, Tom, mi noble y leal caballero embrutecido, con sus manos trabajadoras de campo verde y espacios abiertos. Con Paula, mi amiga infinita y su sonrisa amplia enmarcando un rostro joven y lleno de fuerza y espíritu. La risa de Tom, fácil y abierta que inspiraba a iluminar mis fantasías. Soñé con nuestras historias y las leyendas de nobles que nos hacían viajar a tierras lejanas que remotas nos llenaban de aventuras y peligros.

Soñé con mi Yo de niña. Y te vi con claridad, con mi deseo de rodearte y tenerte en el refugio de mis brazos, nuestras risas escondidas, y el entrelazar de manos mientras corríamos entre cómplices guiños por el paseo de madreselvas. Soñé con Paula y sus celos y temores de perdernos en nuestro infantil amor.

Cuando desperté, vi con dolor consciente que ya no estabais, y me sorprendí con lágrimas en mis ojos enmarcados de ancianidad. Contemplé con desconsuelo el amanecer que entraba por mi ventana, abierta a la dócil brisa que tímida envolvía mis sábanas. Y noté, como un relámpago de emociones, ¡gracias infancia!, que hoy podría ser un precioso y evocador momento para morir agradecida

Almudena González R

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