Es precisamente un viernes que llego a casa después de trabajar, un beso rápido familiar y un vistazo al periódico de hoy. Y entonces veo la foto, y me desdoblo, me sube un algo a la garganta y una presión como que me voy a ahogar, hasta noto que el pulso se me acelera. La foto está en blanco y negro, oscura y lluviosa, “cae el famoso Brighton West Pier después de muchos años abandonado …. Blablablá….»
Es la foto que me llega hasta lo más recóndito de la memoria y me golpea dejándome un no sé qué en los ojos que no sale y se queda ahí, enturbiando mi mirada. Cojo el periódico, y leo, la historia del Pier, construido tal año, golpeado por las olas y abandonado a su suerte, los múltiples proyectos no acabados de reconstrucción y como finalmente se derrumba en el mar…. ¿Te pasa algo Cris?… no, no…. Es que creo que recuerdo esta imagen, este lugar, de cuando jovencilla …. Así, en plan indiferente. Dejo el periódico y me voy a mi habitación. Me tumbo en la cama, miro al techo, y recuerdo…
Mis piernas enlazando su cintura, sus besos en mi boca inexperta, mis manos curiosas acariciando su espalda, sus brazos agarrando mis caderas, el sonido de su cama al caer sobre el colchón, mi risa contenida, su boca que baja por mi estómago, su lengua donde nadie llega, mis ojos cerrados, los suyos abiertos, mi respiración que se acelera, su voz que suave me susurra, que abra las piernas, que tendrá cuidado, que no dolerá, y su forma de decirme que me vaya que llega, y el mundo que explota en mi cabeza y nos vamos los dos.
Luego me coge de la mano y salimos. Llueve, son las ocho de la tarde, no hay nadie por las calles y nos vamos a la playa. Y nos acercamos al Pier en ruinas. Hay un letrero con un «Prohibido el Paso» gigante, y un “Muy Peligroso”, saltamos la valla y siento que caminamos sobre las olas. El muelle de madera tiene grandes agujeros en el suelo, donde a metros de distancia veo el mar embravecido, y seguimos al fondo, con mucho cuidado, despacio, muy al fondo, hasta el final, donde las olas llegan y estallan contra los hierros y la madera, donde ya no se ve más que agua y horizonte. Llueve mucho, y nos empapamos. Él me agarra por detrás, abrazados. Noto su proximidad, su cuerpo pegado al mío, sus brazos que me rodean. Siento el viento en mi cara, el olor a sal y a lluvia, escucho el sonido del viento que golpea las ruinas, el ruido de la lluvia contra el mar. Respiro profundamente y me agarro a él fuertemente, sin soltarle y me lleno de algo. No sé si es amor.
Almudena González R

