Suspense

Berta estaba en la oficina deseando que pasaran los treinta minutos que faltaban para irse a casa. Hoy era un día especial y tenía que hacer varias cosas antes de llegar a casa, lo tenía todo calculado.

De pronto sonó su teléfono, por la extensión que aparecía en el visor se percató que se trataba de su jefe Luis. Un sofoco ascendió hasta su cara, las manos empezaron a sudar y comenzó a respirar deprisa.

— Berta, ¿Puedes venir a mi despacho, por favor? Es urgente.

—Voy ahora mismo Luis— contestó Berta tan solícita como siempre.

Tomó su cuaderno y un boli y se dirigió de inmediato al despacho acristalado de su jefe que estaba al fondo de aquella gran sala. Fue sorteando las mesas de trabajo que se distribuían en esa zona separada toda por mamparas de cristal tanto a los lados como al frente, con una separación de dos metros de cada puesto.

Durante el recorrido su mente estaba en ebullición, de sobra sabía que esa llamada de última hora suponía tiempo extra que tendría que añadir sin opción a su jornada. Estaba indignada, siempre le ocurría lo mismo. Pero esta vez no, esta vez le diría que le era imposible que debía marcharse, pues tenía asuntos personales que atender. Entró muy decidida al despacho.

—Pasa Berta, cierra la puerta, por favor y siéntate. —dijo Luis muy amable y con una gran sonrisa como era de costumbre. Después de la reunión con Dirección, hemos visto la necesidad de rehacer el informe que nos presentaste ayer.

—¿Por qué motivo? — preguntó Berta atónita.

 —Pues verás es que faltan dos variables importantes que debemos incluir. Te lo voy a enviar todo detallado por email. Te he llamado porque es muy urgente y se tiene que quedar hecho y enviado hoy sin falta.   

Berta en su cabeza lo tenía todo muy claro, esta vez sería diferente, y le diría que no podía; pero la realidad fue muy distinta, un «De acuerdo» se le escapó de la boca y ya no había más remedio que tragar como siempre, aunque fuera absolutamente abusivo.

Imaginó que cogía aquel pesado pisapapeles y se lo estampaba en la cabeza con todas sus fuerzas con una sonrisa de oreja a oreja.

Regresó a su mesa, estaba enfadada consigo misma por callarse y con su jefe que cada dos por tres le salía con lo mismo. Se centró como pudo en la tarea para perder el menor tiempo posible y poder marcharse.

Ya en la calle fue a la tintorería a recoger el vestido rojo que le quedaba espectacular. Hizo compra para una cena especial y se apresuró a organizar todo para que estuviera listo cuando llegara su marido Andrés. Solo faltaba poner la mesa con algún detalle para que se notara que estaban de celebración. Fue al baño, se duchó, se puso el vestido rojo. Se peinó marcando sus rubios rizos y se maquilló de forma muy sutil.  Estaba deseando ver la cara de Andrés cuando viera todo lo que había preparado.

Al poco se abrió la puerta acompañada de una voz que decía «Hola cariño»

—¡Hola Andrés, que bien que ya estés en casa! — exclamó Berta, emocionada de ver su reacción ante tanto despliegue.

—Estás preciosa Berta y menuda sorpresa — dijo mientras la abrazaba con cariño y buscaba sus labios. — Me encantan las sorpresas de «porque sí» — añadió Andrés ajeno al efecto que este comentario iba a provocar en Berta.

Un ardor de puro fuego quemaba el rostro indignado de ella. En su cabeza pensó

—¿Cómo de «porque sí» ¿No me lo puedo creer, ¿Es que no sabes qué día es hoy?  

Pero lo que comentó fue, — Venga cariño, no te hagas el loco y piensa.

—Lo siento Berta, ahora mismo no caigo, perdóname.

Ella lo que quiso es tirarle la copa de vino tinto a la cara, pero no hizo nada.

—Sabes, hoy no he tenido un buen día, ya no me apetece cenar, me voy a acostar.

Andrés seguía ahí quieto sin saber de qué tenía que acordarse.

A la mañana siguiente, ya en el trabajo, Berta seguía enfadada por el olvido de su marido. No recordó que era su séptimo aniversario de boda.

Luis la requirió a su despacho y ella casi en modo automático tomó el cuaderno y un boli y se encaminó a su despacho.

—Berta, lo siento mucho, no sabes como me duele tener que decirte esto, pero no hay más remedio. Sabes que atravesamos tiempos muy difíciles por el Covid 19, ojalá pudiera decirte todo lo contrario. — dijo con tono titubeante y haciendo una larga pausa — pero lo cierto es que de Recursos Humanos me han comunicado que no te van a renovar el contrato.

Berta entró en shock, ya no escuchaba, tenía la mirada perdida, la cara cada vez más roja. Soltó el cuaderno y el boli y cogió el pisapapeles. Le asestó varios golpes en la cabeza, cayó al suelo muerto.

Había salpicaduras de sangre por todas partes. Nadie vio nada. Cerró la puerta del despacho, paso por su mesa, recogió el bolso y se marchó.

Unos minutos después descubrieron el crimen en su oficina.

Berta estuvo deambulando por la ciudad durante horas hasta la noche y regreso a casa.

Se puso el vestido rojo y esperó a su marido, sentada en el sofá.

Cuando llegó Andrés lo primero que hizo fue preguntarle si ya se había acordado de qué día fue ayer.

—Berta otra vez con eso, estoy a tope de trabajo y lo sabes, no sé ni en qué día vivo. Siento no haberme acordado de lo que era ayer. — se lamentó en tono de disculpa

—Por lo que veo sigues sin recordar que ayer fue nuestro séptimo aniversario. — le increpó.

Según hablaba, cogió un payaso de cristal de Murano que estaba sobre la mesa baja y se abalanzó sobre él golpeando su cabeza una y otra vez y diciendo «Esto me pasa por callarme, no volveré a hacerlo nunca más».         

  Silvia Jimeno Vázquez     

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