La Ternura tiene manos donde te perderías, voz grave y un corazón que hace Bum!, tan grande como de aquí a las estrellas. La Ternura vive en un hogar, nunca en una casa. Chris buscaba la ternura en un sitio donde considerarlo propio. Éramos unas crías. Hoy sé que la ternura era ella. Cuando pienso en Chris pienso en eso, en la ternura y el abrazo. Ella tenía el don de susurrar palabras que amansaban el corazón de cualquiera. Daba abrazos, muchos abrazos, únicos en intensidad y más emocionales que el de un amante o un hijo. Nunca supe si encontró un hogar o se topó con la ternura. Se llamaba Christine y era irlandesa y recuerdo que estaba llena llena llena de eso, de ternura.
Me viene a la cabeza aquella canción que escuchábamos, de Rod Stward «i’m going home». O aquella frase leída no recuerdo dónde: «¿Qué hace que abandones tu país? ¿Es «hogar» donde estás o donde desearías estar?». Entonces pienso en Chris. O pienso en lo que Chris representó para mí. Porque pese a su juventud, Chris era mi casa, era mi hogar y era donde quería estar. Ella amaba más que nadie, reía más que nadie, lloraba más que nadie, se enfadaba, sufría, gozaba todo Más, así en mayúscula. Era de la zona de Kerry – Irlanda, La Gran Pradera de Europa, llano por completo, humedad constante. Una fina lluvia que cae sin parar. Irlanda huele diferente. Irlanda huele a espacios abiertos, a horizontes, a libertad y a risas. Es el olor de la vida.
Me veo allí, sentadas en círculo en el húmedo suelo, alejadas y escondidas de todo y dejándonos mojar por ese chirimiri constante que no cesa desde hace semanas. Hay tres jóvenes skinheads irlandeses de nombres desconocidos, también un inglés – Peter -, y otros dos irlandeses de aires pacifistas – Mark y Doyla, inseparables. Todos somos unos críos, y ellos tienen una mirada de muchos años encima. La mirada de las drogas, de malas vivencias, de luchas de bandas, la mirada de la pobreza y el paro familiar. Sus miradas son ancianas, pero no pasan de los 17 años. Con ellos Chris y yo. Jugamos al póquer y somos dos grandes tramposas conectadas con ese hilo invisible que existe entre amigas muy íntimas, que con una mirada, un gesto, un carraspeo, se sabe lo que la otra piensa y lo que se espera de una. Serias. Concentradas en un juego peligroso al que pensamos ganar. Nunca he vuelto a hacer algo así. Robarles a base de trampas, libras irlandesas, a unos cabezas rapadas armados hasta los dientes. Era Chris, que convertía lo absurdo e irreal, lo inesperado y lo trascendente, en algo lógico y natural.
Me sonrío pensando en ella. Era pequeña en tamaño físico, de pelo largo, lacio, sin gracia ninguna, jersey de lana enorme en su vestir, aires hippies, porro en mano y entusiasmada con Peter el Inglés, de pelo largo, rizado y cara a lo Mick Jagger. Tengo nostalgia. Recuerdo desde las trampas constantes al póquer con gestos y guiños de Chris, para embolsarnos las libras suficientes y tirar toda la semana. Recuerdo la fuga desesperada con Peter, Mark y Doyla las noches en que los skinheads bebían más de la cuenta y nos perseguían con bates y cadenas. A Chris cuando se quedaba sin tabaco y se pillaba una mala leche que no había quien la aguantara y se obligaba a otro juego de trampas con cualquier skin al que pudiera engañar, para sacarse de nuevo unas libras. También recuerdo a Mark, el macarra de pelo rapado y vestir empobrecido, más noble y caballeroso que se ha encontrado. Que en un abrazo y entre lágrimas, con algo más de alcohol en las venas, susurró su homosexualidad mientras me pedía perdón, pues yo estaba locamente enamorada de él. Recuerdo a Doyla en su fortaleza y equilibrio, diciendo que a qué volver a una casa vacía mientras su madre hacía la calle – con indiferencia, con desgana, y apatía, pero con dolor escondido – y que no se dejaba ni consolar ni abrazar ni besar. Recuerdo tantas cosas… tiemblo ligeramente, sé que hay momentos que no se olvidan. Como el sonar de las sirenas de policía y ambulancias en una noche violenta entre bandas, semi escondidos tras las tapias, con un silencio entre nosotros más intenso que un grito, mientras las casas permanecían cerradas y familias silenciadas – «no oír, no ver, no hablar» – hijos matándose en las calles y padres sin abrir ni puertas ni ventanas y las sirenas que ensordecían la noche. Eran los años ochenta y la desconocida droga campaba a sus anchas.
Recuerdo a Peter – Su Peter – que una noche desapareció, quizás en los acantilados de Moher, quizás en una mala pelea, o simplemente deseó irse y se fue. Recuerdo que Chris acompañó a los padres de Peter a declarar. Una denuncia. Desaparecido. Mis recuerdos me llevan a las lágrimas de Chris, a esas gafas negras y algo más grandes de lo normal, que cubrían sus ojeras y sus ojos hinchados durante días. Desconcierto. Era «el absurdo» en la lógica de Chris.
Hoy pienso que ese amor que se tenían Chris y Peter había sido el punto de unión de un grupo dispar. Era imposible el amor tal como lo entendemos, en un barrio como aquel. Y que tras la desaparición de Peter, se resquebrajaba su mundo para que cada cual siguiera su propio camino. Recuerdo que Chris decía que ya estaba todo escrito en algún lugar de la Vida y había intuido desde hace tiempo que sin Peter, ella también se iría. Lo que ella no sabía y yo presentía ya, es que sin Chris, el grupo como tal no podría existir porque se iría la Ternura con ella.
Pero también recuerdo las risas. Fuimos a buscar a Mark a su casa, pocos días después de la desaparición de Peter. El ambiente era triste, tenso, incluso entre todos se percibía algo de angustia y distanciamiento. Y allí estaba Mark con su hermano, que acababa de meterse una esnifada de olor a gasolina de un viejo bidón, a falta de algo más duro y soltaba frases incoherentes sin relación ninguna. Se empeñaron en las patatas fritas. Que yo no podía irme de Irlanda sin comer fish and chips y que Chris a duras penas encontraba un plato limpio donde ponerlas. Ojerosa todavía en su mal dormir. No había un sitio donde sentarnos más que un viejo sillón, que en su día debió ser de calidad, pero ese día olía a humos de cocina, tabaco y cualquier cosa que prefería no imaginar. Y una silla cochambrosa con algo más espeso en ella.
«¡Sentaos, sentaos!», decía Mark. Así que nos sentamos Chris y yo muy juntitas en el sillón aquel mientras iban y venían azarosos con sus patatas. Del salón a la cocina, de la cocina al salón. Y que llega Doyla con otros amigos, que qué ocurre con nosotras que nos están esperando, que me voy en un par de días y hay que organizar alguna salida nocturna. «Pasa Doyla» – dice Mark- «que estoy aquí con Chris y su amiga preparando unas fish and chips». Y Doyla buscando un sitio donde sentarse con cara de asco que hasta siente el suelo pegajoso. Y va y nos dice que le hagamos un sitio en el sillón. Y allí que no se acaba el tema, que llegan los amigos de más y acabamos casi siete sentados en el mismo sitio, todos con las dichosas patatas repartidas en papel de váter que ni platos limpios tenían.
Y de repente – ¿recuerdas Chris allá donde estés? – comenzamos a sentir ese cosquilleo de risa histérica que no sabes cómo pararla – y te miro Chris y con tu mirada todavía distante y ojerosa me susurras aquello de la peli de los hermanos Mars en un camarote. Y que de pronto, incluso intentando controlarlo, noto que me sube la risa y que me estalla cerca de los labios y llega a los ojos, y que intento a duras penas controlarla por educación a unos irlandeses que serios y respetuosos se comían sus patatas. Y tú, de repente – mi amiga – me miras ya riendo. Riendo sin parar, sin control, que incluso salen lágrimas de tus ojos, que lloras al mismo tiempo con esa histeria enloquecida, rompiendo en carcajadas que me contagia y que te cojo la mano, mirándonos y sabiendo que no solo reías. Llorabas. Llorabas por Peter, llorabas por todos ellos, por nuestra amistad, por las vivencias, por la distancia que marcan los países y las fronteras, por la distancia de la realidad que a veces duele, por la pérdida, por ese mundo del que todos escapan. Un mundo donde nadie quiere estar. Llorabas por él y por todos – me pregunto si desapareciste también – y yo lloraba por las dos. Y Mark que no entendía esa risa mezclada en lágrimas y hacía esfuerzos por complacernos. Hasta lió un porro, pero convencido y empeñado que nosotras ya nos habíamos metido algo en el cuerpo, que ya no podíamos parar de reír, que la habitación se llenó de humo denso y contagioso…
Almudena González R

