Reto: Escribir un diálogo.
Sus inmensos ojos grises escrutaron de arriba abajo al gigante que acababa de irrumpir en la sala, que olía a cerrado y humedad mezclada con ambientador de cine de barrio.
—Hola que hay — saludó con voz ronca el hombre enorme y fornido de rasgos duros mientras entraba.
—Buenas noches — respondió ella esbozando una ligera sonrisa y frotándose las manos para entrar en calor.
—Parece que somos los únicos puntuales, la reunión empezaba a las ocho de la tarde. — comentó de forma abrupta mientras se sentaba justo en frente de la mujer lánguida, de rostro afligido que, no paraba de mirar a todos los lados como buscando algo.
—Es cierto, aunque a veces no es culpa de uno, ya sabe los atascos de tráfico, el trabajo… — comentó con cierto pudor la mujer que permanecía sentada con su espalda ligeramente hacia delante junto a la calefacción.
—Excusas, los que vivimos en grandes ciudades ya contamos con eso, hay que salir con tiempo. — contestó con cierta agresividad contenida.
—Buenas noches y bienvenidos a la sesión de terapia «Aprende a gestionar tus emociones». —Se oyó una voz cálida por la megafonía de todo el local.
—No entiendo, ¿pero solo vamos a ser nosotros dos? Preguntó la mujer sorprendida.
—Exactamente, esta terapia está diseñada especialmente para ustedes dos. Les ruego si son tan amables, que se presenten y expliquen brevemente por qué están aquí. — continuó la misteriosa voz.
—Vaya, no es tan fácil, pero lo intentaré… Hola soy Soledad y no sé por qué motivo cada vez tengo más miedos.
—¡Bienvenida Soledad y enhorabuena! Ya solo el atreverte a venir a esta reunión es un gran paso para tu curación. — exclamó la voz en off transmitiendo positividad.
—Bienvenida — saludó también el hombre algo siniestro con mirada penetrante.
—Ahora preséntese usted, por favor, — le requirió la voz en off.
—Hola, yo soy Giza y cada vez me siento más solo. — Su voz ronca reverberó por toda la sala causando un efecto algo desconcertante —.
—Bienvenido, curioso nombre ¿Qué significa? —preguntó con cautela Soledad.
—Padre del terror o aterrador. — contestó de forma brusca — No me gusta explicar esto porque me dicen que les parece muy adecuado para mí, por mi aspecto provoco el miedo en los demás.—
—Eso será muy duro para usted, ¿Qué sentimiento le genera? — preguntó la voz.
—Yo no elegí ser así y con el paso del tiempo cada vez es peor, la gente se asusta de mi físico, les doy miedo. Cada vez me siento más solo.
—Le entiendo perfectamente Giza, la soledad si no es elegida es muy dura.
—Reconozco que cuando le he visto entrar yo también me he asustado, pero no se lo tome a mal, por favor. Estoy sola desde … Siempre, ya no recuerdo haber tenido compañía. Eso me ha provocado un miedo creciente por casi todo y la verdad es que es una auténtica tortura.
—Lo siento, esto es lo que me suele ocurrir, que provoco miedo en los demás, es como una maldición y ahora que siento que mi vida se acorta, deseo con todas mis fuerzas no dar miedo y poder compartir mi vida al menos con alguien, no quiero estar solo.
La voz terapéutica siguió durante unos minutos guiando la sesión y ambos consiguieron un notable progreso.
—Muy bien Giza, es importante exteriorizar sus emociones, es un gran avance. — Comentó la voz tratando de alentar que continuara abriendo su corazón.
—Creo que tras su imagen se esconde un hombre sensible y bueno. ¿Le puedo tutear?
—Claro que sí, Soledad me encantaría.
—De acuerdo entonces, disculpa si soy tan directa, pero considero que un hombre como tú a mi lado me ayudaría a vencer mis miedos, estoy convencida.
—¿En qué se basa para tal afirmación? — preguntó la voz.
—Es lo que me han trasmitido sus palabras. Ha sido más fuerte que el temor que pueda causar su aspecto.
—¡Excelente!
—Eso me ayudaría mucho y para mí sería un placer poder acompañarla. ¿De verdad que no le causó miedo?
—Ninguno, yo soy la primera sorprendida porque hasta ahora todo me daba miedo.
Al finalizar la sesión Giza, le preguntó a Soledad.
—Me gustaría poder quedar contigo, algún día a tomar algo, ¿Qué me dices?
—Giza, me encantaría, ahora es tarde, pero mañana tengo todo el día libre.
—Perfecto, pues, si quieres darme tu número de teléfono, te llamo mañana y quedamos.
Soledad le indicó su número de móvil. Sus ojos grises parecían más grandes y brillantes y esbozó una sonrisa que borró de su rostro su aflicción.
—¿Puedo pedirte un favor?
—Lo que necesites.
—¿Serías tan amable de acompañarme a la parada del autobús?
—Si lo prefieres, te puedo acompañar hasta tu casa, respondió de forma amable y sincera.
Silvia Jimeno Vázquez

