Todavía resacoso, pidió una cerveza y decidió que su mujer pasaría a ser su ex. Botella en mano y gesto crispado, escuchaba el sonido del mar. Sorprendido todavía que esa misma mañana abriera  los ojos, panza arriba, en una playa de Vigo abarrotada de bañistas con un chiringuito de playa al fondo. La galerna y el alcohol lo dejaron medio ahogado y apenas recordaba caer por la popa del Crucero Atlántico – ¿o le empujaron? – mientras su mujer, que gustaba de lucir un pañuelo en su muñeca y sonreír más de la cuenta, gastaba los últimos cuartos en el casino de la cubierta sur.

Almudena González R

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