Juan siempre entierra a sus víctimas. Literalmente. Es junto con otro trabajador, sepulturero. Su trabajo le fascina. Enterrador. Estar donde la muerte llega. Controlar la caída de los ataúdes. Colocarlos en posición. Cremar a algunos difuntos. Sacar en algunos casos los muertos que ya no pueden seguir en su nicho por caducidad de contrato. Un trabajo en el cementerio público por Oposición aprobada con nota.
Lo que le fascina de los entierros de sus víctimas es ver esos semblantes serios, algunos en lágrimas. Sus habladurías, conjeturas, susurros de desconcierto. A veces llantos desgarradores que le llenan de una energía poderosa. El control de las emociones sobre la vida y la muerte. Como si fuera un dios que decide sobre los demás. Le fascina la indiferencia de algunos que solo cumplen unos protocolos sociales. También le gusta pensar en la muerte antes de que llegue, cuando sus víctimas no saben que van a morir. Porque Juan lo que tiene claro es que el sadismo no le va. Quiere experimentar con el asesinato sutil y delicado. Incluso elegante.
Su primera víctima fue casualidad. No tuvo elegancia ninguna. Llevaba tiempo pensando en cómo deshacerse del perro del vecino de arriba que ladra sin parar a altas horas de la madrugada. Al vecino… ni le conocía. Fue relativamente sencillo. El ascensor parado por revisión. Cruce en la planta sexta. Uno baja otro sube. Un empujón por el hueco de las escaleras a seis pisos de distancia. Rotura de cuello. Sin testigos salvo un perro. Pensó que ser el sepulturero de su primer cuerpo asesinado tenía su aquel y le permitió conocer algo más de sus vecinos. Incluso soltó algunas lágrimas al saludar a algunos.
Su segunda víctima fue en la línea 6 camino del barrio. Margarita de setenta y dos años que compra el pan en el mismo local que Juan. La conoce de vista. Se sienta en el bus justo delante de él. Un saludo. Buenos días, hola, que tal… El bus va prácticamente vacío. Juan se inclina. Desata el cordón de su zapato y comienza a juguetear con él. Es también muy fácil. No hay casi defensa en la anciana. Solo el cordón ahogándole fuertemente mientras el conductor realiza una maniobra en una calle estrecha y prácticamente vacía, que en décimas de segundo le impide mirar por el espejo retrovisor. Salida en la siguiente parada. Dos días después el sepelio. Con muy pocos asistentes. Y otra vez alguna cara conocida de otros entierros.
Ha encontrado placer en su quinto asesinato, observar una cara que se repite desde hace tiempo. Ricardo, policía del distrito de Orcasitas, que trata de leer los rostros y de averiguar o intuir si detrás de unas lágrimas hay un asesino puntual o en serie, o bien un amante despechado con una rabia incontrolada. Ricardo piensa que detrás de un asesinato suele haber un familiar, un conocido, una conexión. Pero en el caso de Juan hay solo un placer en el acto en sí. Y últimamente un placer también por ver a la policía en el entierro de sus víctimas.
La sexta víctima fue una niña en el metro de República de Argentina. Con su uniforme de colegio y sus libros abrazados en su pecho. Iba con los cascos puestos tarareando una canción. Andén muy vacío. Metro que se acerca. Empujón a las vías. Y salida rápida esquivando las cámaras. Ahí no coincidió en el entierro por trabajo. Se aventuró a asistir por encontrarse con Ricardo. Pero lo dieron por bullying y suicidio. Caso cerrado.
Ya con el séptimo asesinado y mientras hace descender el ataúd en su fosa, se encuentra de frente a Ricardo, que le saluda con una inclinación de cabeza, mientras el cura saca su Biblia y pronuncia unas palabras. Van a coincidir muchas veces, esto no ha hecho más que empezar. Y Juan sabe que no hay un infierno ni un cielo y que en cualquier caso si lo hubiera, sería más entretenido estar en el infierno…
Almudena González R

