Son las once de la noche, la habitación está bañada por la luz de la luna. Daniel debería de estar durmiendo pero no lo consigue. Se arrodilla y junta sus manos. Alza la vista hacia el cielo y empieza su rezo: “Luna, te pido que cuando puedas me traigas a mi papá”.
Hace casi un año que su padre murió. Era un apasionado de las estrellas y constelaciones. Pasaban mucho tiempo juntos y le contaba historias que solo ocurren en el firmamento. En su despacho, tenía un telescopio a través del cual observaba las estrellas, casi se podían tocar.
Daniel va a la escuela pero sus notas han bajado y apenas muestra interés en clase. Sus profesores, conocedores de la situación, le comprenden. Ya han hablado con la madre. Ella les da la razón, también está triste pero se esfuerza en mostrar a su hijo la mejor de sus sonrisas.
Cada noche es el mismo ritual. Después de cenar, se va a su cuarto, abre la ventana, se arrodilla y le habla a la luna. Su padre le contaba muchas historias, con él aprendió las fases lunares y está convencido de que en la próxima luna nueva ocurrirá algo.
Ahora está en cuarto creciente pero dentro de ocho días, Daniel sabe que la luna estará redonda y blanca.
“ Las cosas fascinantes solo ocurren en luna nueva”. Eso le decía su padre cada vez que el acontecimiento tenía lugar y con ese pensamiento se durmió.
Al día siguiente se levantó con el ánimo cambiado. Una especie de euforia le recorría el cuerpo y así ocurrió durante los días siguientes, incluso jugó en el recreo con algunos de sus compañeros.
Hasta que llegó el día octavo. Esa mañana, estaba contento, sus sentidos estaban en alerta. Todo lo que le rodeaba parecía más brillante, su madre estaba más guapa que nunca y su ventana a través de la cual observaba el cielo todos los días, parecía llamarle.
Se pasó el día contando las horas. Sólo tenía un deseo: que dieran las nueve y media en el reloj. Esa era la hora en que cambiaría de forma.
A las ocho, terminó de cenar a toda prisa, subió a su habitación con el corazón agitado, cerró la puerta con sigilo y caminó de puntillas hasta la alfombra. Se arrodillo juntando las manos con fuerza. Así permaneció un rato, como en una plegaria hasta que la luna se fue transformando en luna nueva.
Su cara y sus ojos se iluminaron y sonriendo dijo:
-Luna nueva, luna nueva, ¿podré ver a mi papá?
Pero ésta permaneció resplandeciente en la noche sin que ocurriera nada.
Bajó la mirada algo decepcionado. Apretó las manos tan fuerte que los nudillos se le enrojecieron. Entornó los ojos. Casi no se atrevía a mirarla de frente. Allí arriba la luna parecía observarle de modo guasón.
Entonces se puso de pie, abrió la ventana y gritó:
-¡Luna nueva, luna nueva! ¿por qué no me haces caso?
Pero lo único que obtuvo por respuesta fue el zumbido del viento. Quiso gritar de nuevo pero no pudo, en su lugar, salió un gemido. Al principio, casi ni se oía pero poco a poco se convirtió en un sollozo hasta que las lágrimas empezaron a brotarle. No podía parar. Toda su tristeza salía a borbotones.
Su madre subió a darle las buenas noches y al verle en ese estado, le abrazó.
-Cariño, ¿qué ocurre?
De su garganta salían sollozos entrecortados. Su madre le acarició la cabeza y pareció calmarse un poco:
-Papá …él me dijo que cuando hay luna nueva, ocurren cosas fascinantes.
Ella le acarició el mentón:
-Claro que sí, y tenía razón. Estás llorando Daniel, es bueno que salga tu tristeza. Verás, yo también le echo mucho de menos y lloro.
-Me gustaría tanto volverle a ver… aunque solo fuera una vez…
-Tu padre siempre estará contigo-dijo cogiéndole el rostro entre las manos.
-¿Dónde? -exclamó con un hipido.
Su madre cogió su mano y la colocó en el pecho izquierdo.
-Ahí está Daniel, dentro de ti, él nunca se irá.
Daniel y su madre se fundieron en un abrazo. El miró de refilón a la luna y le pareció que una estrella nueva se había colocado a su lado.
30/05/21
Paloma Berzosa.

