Llevamos mucho tiempo caminando en zigzag, ambos llevan unos palos muy raros en las manos. Hace calor. Paramos…. Entonces mi amiga y su padre comienzan a recoger piedras del suelo arado, más o menos del mismo tamaño, mientras sonríen con complicidad secreta, y yo, que ya tengo casi doce años, me siento absurda. Me piden que tenga la palma de la mano abierta. Allí, en medio de ninguna parte, mientras el sol lentamente continúa bajando, dejando una estela amarilla, naranja, roja en un horizonte limpio de nubes.
Es un día precioso. No hay pueblos a la redonda. Solo campos de labranza y el olor de tierra sembrada. Y ahí, en aquel lugar, siento que padre e hija me tienen reservada una sorpresa, un secreto compartido por generaciones, totalmente ajenos en su mundo por un instante particular, diferente a lo que conozco. Distinto. Incomparable y único. Hay unos hombres en la lejana carretera, que esperan igual que yo, a que Algo ocurra.
No hay ruidos que rompan nuestro silencio, solo el viento en mi cara que revuelve mi pelo, que trae el calor del verano. Ni nuestros pasos escucho, ni siquiera el suave viento que siento en la piel se detiene. Es el sonido de la voz de mi amiga, que me dice que veré algo único y extraordinario que hará que el mundo que conozco hasta hoy, ya no vuelva a ser el mismo. Así que enseño mi mano infantil como me indican. Entonces su padre, con manos callosas y prontamente envejecidas, saca un instrumento extraño de su bolsillo, un péndulo me dicen, que muy despacio, lo cuelga sobre mi palma sin tocarme, sosteniéndolo con la suya. Mi amiga sonríe a su padre, fascinada, mientras ambos, muy muy despacio, comienzan a colocarme piedras en la palma. Una a una.
Estoy quieta. Totalmente estática, sintiendo el silencio repentino que ambos recrean en secreto – porque me están guardando un secreto – mientras van colocando… Una piedra, dos piedras, tres piedras, … Incluso cuatro sobre mi mano. Y de repente una sensación extraña, casi mística, recorre mi columna y mi espalda, porque los segundos se hacen eternos, muy muy l-e-n-t-o-s, y porque siento que en esas décimas de silencio el Universo deja de funcionar. Se para. Estático. El Mundo ya no gira sobre su eje, y los planetas se detienen. Los relojes se paralizan también. Siento bajo mis pies que la rotación de la Tierra se detiene y que el corazón del Mundo pumpumpum va perdiendo intensidad hasta que frena. En mi pensamiento infantil creo que en algún lugar de nuestra Tierra los animales se detienen con miedo, esperando de nuevo el latido de la vida.
Entonces ocurre que el sol se para también. Que ya no anochece. No sopla el viento, ni se oyen pájaros, ni la brisa acaricia mi cara. Incluso dejo de percibir el olor a tierra sembrada. Simplemente, el Mundo se detiene y solo oigo – si es que la sonrisa se puede escuchar – sonreír a mi amiga, esperando mi reacción. Y de repente, con las cuatro piedras vivas en mi mano, el péndulo comienza a moverse ¡por sí solo!, primero ligeramente, luego a mayor velocidad, en círculo. ¡Más rápido!. Y ya no se detiene. Oigo como Fiuuufiuuuufiuuu Dando vueltas y vueltas y vueltas, girando sin parar cada vez a mayor velocidad. Más rápido, más rápido. Escucho el único sonido perceptible, como un silbido lejano, que sale de la gran velocidad que coge al rotar. Y gira a tal rapidez que no puedo ver su movimiento, que incluso desaparece de mi vista. ¡ES MAGIA! – pensé – y si la energía se puede sentir, la sentí en ese momento, como algo que quema entre mis manos, como piedras ardientes que cobran vida al ritmo circular del péndulo, mientras contengo mi respiración. El Mundo estático y como único movimiento, un péndulo que no deja de girar. Estoy esperando.
Pero igual que todo para. Que todo se detiene. De repente todo vuelve a funcionar, a ponerse en marcha. Pumpumpum el mundo bajo mis pies, el corazón de la Tierra vuelve a ponerse en marcha. Primero despacio y luego con más intensidad. Y aquellos animales que imaginé inmóviles, vuelven también a sus vidas. Desconcertada y vulnerable en mi ignorancia, vuelvo a respirar y observo cuatro piedras inertes en mi mano. Piedras muertas que ya no queman. Veo que el padre se coloca el péndulo en su bolsillo y les dice a los hombres que aguardan, que allí pueden cavar y construir su pozo… Que a cuatro metros encontrarán agua. Torrentes que fluyen como ríos subterráneos dando vida al corazón del Planeta. Y poco a poco, sintiéndome un poco sola en mi sorpresa y mis emociones, vuelvo de nuevo a escuchar el vuelo de los pájaros, a sentir la ligera brisa de un atardecer de verano, con ese olor a tierra de labranza que me llena de algo hermoso. Y pienso que quizás el mundo no vuelva nunca más a funcionar tal como lo conozco.
Almudena González R

