Reto: Una historia de Zombies

Continuamos escuchando ese sonido constante de gruñidos que ensordecen tras los muros. Intento captar de nuevo la atención del grupo que me miran más pendientes de lo de fuera que de paredes infranqueables. Grito: ¡Mi hermana…! – carraspeo y alzo mi mirada desde el improvisado púlpito – ¡mi hermana me dijo…! – carraspeo de nuevo y trago este aire contaminado y sucio. Me noto muy muy enfadada- ¡… me dijo que si existía Dios … Ella misma vendría a buscarme el día de mi muerte!. … Pero ¡Dios no existe! lo siento Padre – susurro – pero es así, esa es la pura realidad – Y! Si no! – alzo de nuevo mi voz mirando a todas las monjas – Y les reto a que me contradigan!- ¿Qué es esa cosa que grita y gruñe?! – Así os digo… que ni Dios existe y que mi hermana… ¡Jamás! Vendrá a buscarme, salvo que esa cosa consiga junto con el resto de infectados… salir de su encierro!.


Las monjas se santiguan escandalizadas. Todavía rezan su Rosario a las tres y su Ave María a las doce, mientras el cura pierde el tiempo confesando e impartiendo misas. No puedo más. No puedo seguir encerrada de casualidad en este Monasterio escapando de la horda de No Muertos que nos persigue. No puedo. Y mucho menos viendo cómo mi hermana se transforma después de un mordisco. Al menos me queda el consuelo de saber que mi hermana perdía su cordura entre carcajadas mientras le llegaba la muerte y su resurrección. Nunca le faltó el sentido del humor, así que poco antes de su muerte, decidió que aparecería como fantasma si el Cielo existe. Todavía estoy esperando. ¡Porque lo que está encerrado en la Sacristía, no es un fantasma!grito de nuevo.


He conseguido aislarla junto a Sor Teresa que no pude evitar que mi hermana se abalanzara sobre ella. Hacen tanto ruido que apenas  escucho que vienen más  tras el muro de la sala capitular y mientras algunas monjas se encierran en sus celdas, el resto susurra un Padre Nuestro mientras escuchan mi oratoria. Se santiguan y esperan un milagro. ! Mi milagro! – grito – …, ¡¿eso es lo que estáis esperando, Padre?! – continuo enfadada – ¡Sálvanos! – me gritan las monjas – que ya no miran el Cristo crucificado de la Iglesia.  Oh, dios mío, como si yo fuera Dios Misericordioso, pero con un machete en la mano que no suelto desde que empezó todo. 


El Cura me mira con odio. Sabe que todas me seguirán sin dudarlo y que Dios dejó de existir cuando todo empezó. Si incendiamos la parte del campanario mientras hacemos sonar las campanas, puede – solo puede – que consigamos escapar, mientras la horda inunda esa zona. Salir por la cocina y correr por el huerto hacia el muro que rodea el Monasterio. Y ya que el Padre quiso impedir que pudiéramos entrar gritando y aullando de terror – pobre Sor Teresa – será el que la cierre al salir. Esperamos no encontrar la Muerte y Resurrección convertidas en zombis. Me cuesta imaginar a las monjas con sus togas y sus rosarios, hambrientas de sangre. El bosque no está lejos, es solo cuestión de correr …

Almudena González R

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