Reto: Escribir lo que nos inspire la palabra otoño.

Cuando Guillermo Ricardo Jiménez del Monte llegó aquel octubre otoñal al pueblo de  Almendralejo metido en un ataúd y seguido de un único coche de alta gama con distintivo desconocido, nadie lo esperaba. Nadie, excepto Margarita Montalbán enfundada en un abrigo marrón oscuro, desgastado y viejo, como su mirada ausente. Margarita, que se limitó a acercarse a metro y medio del coche fúnebre mientras un mastodonte de dos metros abría la tapa del ataúd y ella simplemente asentía reconociéndole. Media vuelta, y ahí te quedas hijo de puta.


Se suponía que el cura – el Padre Tomás para los que acudían a sus misas – estaría acompañándola. Pero prefirió no hacer acto de presencia ante una mujer despechada y dolida por muchos años, quedando a la espera en la Iglesia de San Judas y maldiciendo el darle tantas vueltas en cuanto a las frases del sepelio se referían: «Guillermo Ricardo, hombre trabajador donde los haya … Padre abnegado y esposo generoso … Que murió …» Y ahí quedaba, que nadie del pueblo sabía ni quería saber ni cómo ni quién ni de qué manera, Guillermo Ricardo perdía la vida con veintitrés puñaladas repartidas y repetidas en todo el cuerpo que ni siquiera el ojo derecho se libraba. 


Le llamaban «El Rey». En susurros. Con cierto retintín, cuando en época estival regresaba conduciendo un Ferrari descapotable al pueblo.  En aquel entonces Margarita le acompañaba siempre, con sus melenas al viento, labios rojos y largos collares de perlas enrollados en nudos decorativos sobre sus grandes pechos. Altiva y déspota que gustaba de rodearse de chachas – como decía ella – traídas de tierras lejanas, que limpiaban, lavaban, planchaban y realizaban cualquier labor como internas. 


Deciros que «Cualquier labor» daba pie a la imaginación de muchos hombres del pueblo que cuanto mayor era Margarita, más jóvenes eras aquellas muchachas – las dos últimas, Galechka y  Galyunja – apenas unas niñas – chachas porque son bobas y no pueden ser otra cosa que decía Margarita. Pero de tontas bien poco tenían, que desaparecieron un día con «El Rey», dejando tres cuentas al descubierto y deudas que sobrepasaban el millón de euros, aparte de una mujer sola y furiosa. 


De las veintitrés puñaladas os digo, que mejor no saber ni opinar, pues los tentáculos de los enemigos del Rey llegaban desde Oriente pasando por Madrid. Aunque las malas lenguas dicen que los trapicheos de droga y sexo le llevaron al prostíbulo equivocado de otra mujer despechada. Pero sí sé, de primera mano, que en el entierro, el cura se quedó solo en sus oraciones y que aquel hombre de dos metros que conducía el ataúd, decidió que, pese a la edad, Margarita todavía mantenía aquellos grandes pechos y unas muy buenas joyas en su tocador. También recuerdo que días después el otoño trajo ¡tantas lluvias!, que el río se desbordó y arrasó con parte del cementerio. Todavía se recuerda en Almendralejo el ataúd del «Rey» flotando colina abajo.

Almudena González R

3 respuestas a “Flotando colina abajo”

  1. Avatar de Adela Muñoz
    Adela Muñoz

    Almacenamiento, muy bien ambientado. Nos hace conocer al personaje a través de sus últimos momentos y la solución final es la venganza que lleva a cabo la propia naturaleza. Enhorabuena 👏

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  2. Avatar de Adela Muñoz
    Adela Muñoz

    El corrector ha escrito Almacenamiento en lugar de Almudena…cosas de mi torpeza tecnológica y no revisar. Perdona!

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    1. Avatar de
      Anónimo

      Gracias por leernos😍

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