Unido a una cruz de madera, hastiado e incapaz de cambiar un ápice aquello que me rodeaba. Me sentía como un reo, cuya condena perpetua, era estar inmóvil frente al sol vigilante y asustando a toda criatura voladora que osara acercarse a aquel pedazo de tierra cultivada. Cruel destino para alguien que adora a las aves.
Recuerdo el día que me crearon, una mañana de primavera olía a hierba segada y a tierra mojada. Me pusieron un viejo peto vaquero, una camisa de cuadros blanca y roja.
Mi cabeza era una calabaza con boca, nariz y por ojos dos nueces pintadas de negro. ¡No me faltaba detalle!, un sombrero de paja, unas botas de agua rojas de niña. Me rellenaron con esmero de forraje y ramitas. El cabello era de heno y mechones de plástico de colores. Mis manos extendidas estaban cubiertas por un par de guantes azules de látex. Sonrisa eterna y una pipa vieja en la comisura derecha.
Al principio me sentía importante con una misión en la vida. Todo lo que alcanzaba mi vista me parecía hermoso y disfrutaba mirando los suaves valles verdes, las formas cambiantes de las nubes. Era tan feliz cuando, después de la tormenta, aparecía un arcoíris llenando mi mundo de color.
Para desesperación de mi amo casi nunca conseguí hacer mi trabajo. Creo que todos los pájaros de la vecindad sabían que los adoraba. Disfrutaba en secreto cuando se posaban sobre mí y parloteaban alegres. Eran mi compañía en aquellos interminables días en los que debía estar allí “asustando”.
El tiempo no solo hizo mella en mis ropajes sino en mi interior, Me sentía tan desdichado, sin motivación, odiando lo que era y lo que hacía.
Temía que nunca podría irme de allí y eso me destrozaba.
Después de una noche desesperado, le pedí un deseo al lucero del alba que brillaba siempre justo antes del amanecer. Con esa esperanza de un nuevo amanecer para mí, renovaba mi petición, noche tras noche.
Pasaron muchas estaciones, yo me sentía viejo y cansado a pesar de los arreglos que mi amo me hacía.
Mis amigos apenas me visitaban ya; creo que por aquellos extraños discos iridiscentes que me había colocado alrededor del sombrero y colgando de mi cuello y manos.
La soledad era tan insoportable que dolía, nada tenía sentido para mí.
Un día pasaron dos mujeres hablando por la vereda junto a la valla que delimita el cultivo de mi dueño.
Una animaba a la otra a luchar, cambiar las cosas nocivas de su vida y darse una oportunidad de ser feliz. Le decía que era una mujer valiente, como ya había demostrado en el pasado, pero el desánimo se había instalado en ella.
La otra, alentada por la conversación reconoció que quizás había estado demasiado tiempo aletargada y ya era hora de reaccionar y recuperar las riendas de su propia existencia.
Aquellas palabras se quedaron flotando en el aire y se adentraron en mi cabeza de calabaza. Me infundieron el deseo de querer cambiar mi vida y el valor para intentarlo.
Nunca olvidaré lo que horas más tarde sucedió.
Había sido un caluroso día de verano y justo al atardecer el viento comenzó a soplar con fuerza, en unos minutos el cielo se encapotó. Durante la noche una gran tormenta descargó incansable en este lugar. La lluvia era tan intensa que anegó la cosecha y produjo innumerables desperfectos.
Yo estaba aterrado, sentía que mi final había llegado, faltaba poco para el alba y aunque no podía ver nada, formulé una vez más con mucha fe, mi deseo.
Unos minutos después, con las primeras luces, se podía apreciar la magnitud de la tragedia. Los campos devastados, construcciones caídas.
Destacaba en mitad del terreno del amo la cruz de madera vacía, pero en pie.
El granjero divisó a lo lejos lo que parecía los restos de su creación. Cuando fue a recoger el sombrero destrozado; salió volando de debajo un pequeño verderón asustado que batiendo fuerte sus pequeñas alas se alejó volando libre hacia las nubes.
Silvia Jimeno

