Reto: escribir un texto sobre los 5 sentidos

Explicar el sabor de aquel Batido de Chocolate era tan complicado como oler las flores dibujadas en el mantel a ganchillo que decoraban una mesa redonda en el pequeño salón de aquel piso de Madrid.

Tan complicado, como escuchar el silbido de aquellos niños pastores frente a una casa en la aldea. Representados en unos cuadros colgados en las paredes, que con sus labios y sus gestos, parecían recoger el ganado en aquellos paisajes en lienzos. Unos a pinceladas suaves de acuarelas, otros a grandes brochas de pintor.

Sin embargo, a sus siete años, las noches en que se preparaba aquel Batido, la niña olía la lavanda en aquellas flores del mantel mientras le llegaban los silbidos del pastoreo de los cuadros. ¡Incluso! Creía percibir el olor de las piñas quemándose en las chimeneas de las pinturas que colgaban en aquel salón.

Por unos minutos lo imposible se convertía en cotidiano en aquella casa de la infancia. 

¿Que para llegar a aquel Batido maravilloso había que sortear un precipicio entre la habitación de sus hermanos mayores, dados a las zancadillas, y el salón? Ella era capaz de sortearlo y volar.

¿Que para degustar el sabor dulce y espeso de aquella pócima secreta, Lola, su niñera, tenía que desaparecer al menos por una noche? Pues Lola desaparecía!! Y esa noche no habría «… cuatro angelitos tiene mi cama…»

¿Que para sentir el calor del hogar metido en un vaso con sabor a chocolate, que calentaba su cuerpo y ponía magia en su corazón, tenía que olvidar «otras muchas noches»?. Ella olvidaba

¿Que tenía que esperar, en silencio frente a su vaso, la ceremonia lenta y pausada, silenciosa y mística, de verter aquel líquido? ¡Ella esperaba absorta!. 

Esperaba y llegaba el deleite, sentada ante su Batido nocturno que le traía la imagen de lo eterno. Porque los segundos se hacían largos, la espera, inquieta, y la magia entraba por la nariz, subía a la cabeza y la llenaba de estrellas que activaban todos sus sentidos. 

El gusto, el olfato y el tacto en su boca se convertían en un único placer. Sensaciones que transformaban esas noches en el viaje apasionante que quisiera imaginar. Degustando. Saboreando. Paladeando. Envuelta y abrazada en la magia

Sí. La Magia se puede beber.  Magia que, como pócima, abría y expandía la imaginación de aquella niña mientras la madre les contaba un cuento. 

Y con los bigotes chocolateados deseaba prolongar la espera. El trago. No acabar. No terminar. En unos minutos la casa era un hogar. Prolongar el deleite de aquella bebida. Mamá, cuéntanos otro cuento – decía su hermano. 

Entonces la madre cogía otro libro al azar de la repisa junto al cuadro de los niños que silban. Y la niña cerraba los ojos imaginándose dentro del cuadro. En aquella casa con chimenea pintada en acuarelas, el olor de la madera en la hoguera, el calor del tazón en sus manos, el sonido que trae el atardecer en el campo, y a muy pequeños sorbos, el sabor mágico y espeso de aquella bebida. 

Y aun con los ojos cerrados, y el deleite en su boca, la eternidad de las palabras de la madre que llegaba a sus oídos infantiles «Érase una vez..

Almudena González R

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