Relato inspirado en la foto.
Primero los animales enmudecieron y todo estaba en calma. Después una brisa comenzó a juguetear con las matas de tomillo, romero y lavanda. Las hojas de los olmos próximos al arroyo se agitaban y tropezaban unas con otras, provocando una inusitada loa previa a lo que iba a suceder.
Las hojuelas desprendidas se abrazaban a los pequeños remolinos de viento mostrando una maravillosa danza.
En el centro de una inmensa pradera, una niña entusiasmada recogía flores para su madre. Absorta en la recolección y a la vez, pendiente de no molestar a las abejas. Ella sabía que si se sienten amenazadas atacan en grupo.
De pronto empezaron a volar de forma errática, en ocasiones chocaban con la chiquilla. Ella trataba de no perder el control, pero el temor iba creciendo en su interior. El corazón acelerado, sus manos sudaban y todos sus músculos en tensión, estaba a punto de echar a correr.
La brisa dio paso a fuertes rachas de viento y repentinamente toda la pradera se ensombreció. Miró al cielo y vio unas enormes nubes muy oscuras.
Los insectos alterados desaparecieron volando en modo enjambre. Recuperó la calma un breve tiempo, ya que el viento comenzó a arreciar con fuerza arrastrando hojarasca y matojos secos. El aire traía olor a tierra mojada. Súbitamente la fuerza del viento disminuyó y comenzó a jarrear.
La niña empapada echo a correr para guarecerse bajo las encinas. Un relámpago resquebrajó el cielo y unos segundos después el estruendo del trueno hacía saber el poderío de aquella tormenta.
La pequeña estaba aterrada y lloraba desconsolada, paró en seco. No podía ir al encinar con aquella tempestad. Su padre le había enseñado que con tormentas eléctricas era peligroso ponerse bajo los árboles ya que hacían de pararrayos. Miró a su alrededor y se quedó junto a un cercado de piedra; acurrucada con la cabeza escondida entre las piernas y tapándose los oídos para mitigar el ruido.
Aunque realmente solo duró unos minutos, a ella le parecieron horas. Finalmente, la lluvia amainó, los truenos cada vez se escuchaban más lejanos y espaciados hasta que cesaron totalmente. Un arco iris se extendió como ofrenda de tregua.
La pequeña se puso en pie, se escurrió el cabello y el vestido que estaban chorreando. Con disgusto comprobó que muchas flores se habían deteriorado, salvó lo que pudo y se encaminó de regreso a casa.
Ella solía dar paseos en la pradera cercana a su casa, pero esta vez se había alejado en exceso, absorta en la búsqueda de flores silvestres.
Pasado el susto, pensaba en lo preocupados que deberían estar sus padres por su ausencia en mitad de aquella pavorosa tormenta y deseaba que no le castigaran por haberse marchado sin decir nada.
Una vez en el sendero que conducía a su casa, vio a lo lejos a sus padres que corrieron hacia ella y le abrazaron emocionados.
También se había desplazado al lugar una patrulla de la Guardia Civil que estaba a punto de iniciar la búsqueda.
Su madre, entre sollozos, daba gracias a Dios por que su pequeña estuviera a salvo.
Su padre, no paraba de revisarla de la cabeza a los pies, casi de forma compulsiva para comprobar que no estuviera herida.
—¿Me vais a castigar? —preguntó con un hilo de voz.
—La tormenta te ha dado una buena lección, creo que no será necesario, ¿verdad hija mía? —contestó su padre, agachándose para estar a su altura y acariciando su cabeza. Silvia Jimeno Vázquez

