Era domingo y caía una fina lluvia de esas que no empapan pero oscurecen un poco los cristales de las ventanas. No sé quién dijo que los domingos son tristes, melancólicos o taciturnos. Yo no lo veo así, pienso que son precisamente ese momento detenido entre una semana que se adivina agazapada como un fiero gigante y la sombra de un día anterior de descanso y desconexión. La ciudad rugía un poco desinflamada por la parálisis de la actividad laboral pero en cualquier caso ocupada por gente que caminaba-casi corría-por todas partes empeñada en detener inútilmente el avance de las horas…
Y ya llegaba, eso sí caminando. Ni muy lejos ni muy cerca del lugar escogido, un restaurante de nombre José Luis. Un espacio tranquilo, de voces bajas, iluminación tenue y poco ruido en general, en cuya carta desfilan apetitosos pinchos además de otras especialidades. Me esperaba mi amiga Almudena, con la que había coincidido en un momento laboral de mi vida, y otra amiga suya. Un encuentro que fluía con la misma precisión que el agua circulando por un caudaloso río. Primero, las bebidas hicieron su aparición para entrar en calor. Después, la comida. Todo muy rico, apetecible y en su punto. El tiempo seguía corriendo, anónimo aunque un poco celoso de nuestra alegría, risas y confidencias. Empezaba a caer la tarde lentamente con su intermitente lluvia plomiza. Cada vez se hacía más tarde y cada vez había menos luz. Cuando llegaron los cafés, la oscuridad ya lo había fagocitado todo. La amable cafeína me sirvió de revulsivo para despedirme y entonces emprendí el retorno a casa soñando con otros domingos venideros de amigas, cafés y restaurantes, como esos protagonistas de las películas de Woody Allen asiduos de elegantes locales en la ciudad eterna de los rascacielos..
Blanca Laffitte Lasarte

