La ciudad que yo habito es a veces vivida y otras, imaginada. De lo vivido, rara vez me asaltan pensamientos; de lo imaginado se encienden bengalas en mi cabeza. Tras cruzar una estrecha callejuela, en el balcón asoma su cabeza una persona de edad indefinida. Hemos pisado los mismos adoquines y sufrido auténticas inclemencias meteorológicas, sin embargo, somos extraños reincidentes en un rellano común cada vez más anónimo. Los días se suceden como fuegos y las estaciones dan paso a otras cada vez más fieras.

La ciudad que yo habito es cruel y al mismo tiempo, amiga, porque todavía, a pesar de tantos años, consigue sorprenderme con alguna invitación canalla. La noche que siempre aparece para borrar el día, consigue apagar los fantasmas de los segundos vividos; es en ese estado de vigilia casi inconsciente, cuándo se dibujan los planes futuros. Porque en la ciudad que yo habito siempre hay un mañana y un sol de color oro que la ilumina. La ciudad que yo habito ha conseguido ser mi amante pasional y a ella me entrego con fuerza. La ciudad imaginada que habito me hace soñar. Y entre sueños y vivencias se escurre el tiempo, ese gran impostor.

Blanca Laffitte Lasarte

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