Todo TODO empezó más o menos con Juan, mi vecino, que no somos amigos, aunque a veces nuestras madres se juntan y jugamos o en su casa o en la mía. Me dice que los Reyes Magos son sus padres y me paso toda la noche en silencio sin entender por qué mis padres no son los Reyes.
Luego fue la comida en el Hollywood, pues mis padres tienen que decirme algo muy importante y que quede en secreto y no decírselo nunca NUNCA a mi hermano pequeño. Que los Reyes Magos no existen. Tampoco Papá Noel. No mencionan al ratoncito Pérez y siento “un no sé qué” en la tripa que sube a los ojos que casi lloro. No les pregunto.
Y en clase con mi profe de ciencias. Que habla sobre el espacio, el sol y la luna. Y mi parte racional se ve cayendo y cayendo sin chocar… ni con planetas, ni con estrellas, ni con nada y pienso. ¿A dónde caigo? ¿Hasta dónde llego? Y entonces me viene a la cabeza que dónde está Dios. Que tendré que preguntarle a la Madre Carmen de la clase de religión.
También me hablan del hombre del saco y de no aceptar sus caramelos y de darle una patada muy grande, muy grande, muy grande …. Ahí, en sus huevos. Pero me da mucha pena y también mucho asco cuando el señor mayor, vecino del segundo, me enseña su cosa que me parece Des-co-mu-nal. No le doy una patada. No tengo claro que sea el hombre del saco.
Y en el colegio, la tontería de las niñas más mayores de la EGB, que si tiro de la cadena del váter tres veces seguidas aparecerá “la mano negra”. Lo hago junto con otras niñas. Y todas salen corriendo y gritando antes de la tercera. Y yo, por mucho que tiro y miro, no veo nada. No sé por qué corren y gritan. Pero yo también corro y me entra la risa.
También cuando hemos jugado a la Ouija en casa de Pilar. Por la noche hay fantasmas que la persiguen y sus padres llaman muy disgustados a los míos. Dicen que soy una mala influencia. Y me da mucha rabia que los fantasmas no me persigan a mí.
Y bajo a la calle con la máscara del zorro de mi hermano y su espada, porque siempre me gustaron más sus juguetes que mis muñecas. Entonces veo a mi amigo Ramón de lejos y por primera vez siento una vergüenza tremenda con el antifaz puesto y me lo quito rápidamente y lo escondo.
Todo esto se lo cuento a mi madre. Esto y más que no quiero decir. Parece que estoy cambiando y que me hago mayor. Aunque falta falta muuuuucho para que me salgan las tetas.
Almudena González R

