Reto: Una historia sobre la foto.

—¡No me aguanto ni yo! —exclamó Pilar.

En medio de una frenética pegada de carteles por todo el barrio de Moratalaz; incluido su inmenso y conocido parque. No sabía nada de su madre desde el 26 de mayo.

Era una mujer robusta, le encantaba vestir de colorines, eso sí, siempre bolso y zapatos de tacón coordinados. Adoraba el maquillaje, no salía con la cara lavada ni para comprar el pan. Llevaba toda la vida viviendo en el barrio y aprovechaba para pegar la hebra con sus numerosos conocidos cuando salía a hacer la compra en el supermercado.

Pero su buen carácter se había esfumado tras la desaparición.       

— ¡Y el inútil de la imprenta encima nos hace mal los carteles y en vez de Macaria pone Marcaría! ¡Cómo le iba a decir nada si se ofreció a imprimirlos gratis! Que con esto de la pandemia parece que a la gente se le ha ablandado el corazón. ¡Pero vamos que con estas ayudas no la encontramos ni el año que viene!  

Despotricaba de todo a su marido Pedro hecha un manojo de nervios, gesticulando de forma ostensible.

—Vamos cálmate, Pilar, lo importante es la foto para que la gente la reconozca y nos sirva para localizarla. Así tú tampoco aportas nada, al contrario, me sacas de quicio

—¿Pero como quieres que me calme?, si llevamos diez días sin saber nada de mi madre. Se supone que iba a la peluquería que está a cinco minutos de casa y volvía.

—Lo sé cariño, pero con esa actitud no adelantamos nada. Y no me levantes la voz que no estoy sordo.

—¿Qué pasa, que con todo lo que tengo encima ahora vas tú y te pones intenso?

—Desde luego que no se te puede decir nada, estás que no hay quien te soporte. Yo lo hago porque sé que estás de los nervios por la situación y porque te quiero que son muchos años juntos. Anda ven aquí mujer. —terminó Pedro con un tono cariñoso y abrazando a su mujer. 

—A lo mejor no la reconocen por la mascarilla, es que claro te tapa media cara y así es imposible poder reconocer a alguien. Y a todo esto, llevaba una quirúrgica. Esas solo duran cuatro horas. Lo que nos faltaba igual se ha contagiado y alguien la tiene aislada como a un perro rabioso.

—Yo creo que nos habrían avisado, pero vamos que si así fuera al menos seguiría con vida.

—Pedro, por favor, no me angusties más; no quiero oírte ni insinuar que pueda estar muerta. Además, no dicen que las malas noticias siempre llegan rápido, pues eso aquí no sabemos nada así que lo menos que podemos hacer es mantener la esperanza.

—Claro cielo, no pretendía agobiarte, solo que, dentro de lo malo, sería un buen desenlace.—Pilar se giró y le fulminó con la mirada.

Pronto anochecería, terminaron de empapelar por segunda vez el barrio; ya que la mayoría de los carteles se destiñeron con las tormentas de la semana anterior.

Pedro adoraba a su mujer llevaban cuarenta y dos años de feliz matrimonio. Se complementaban muy bien. Él era reservado, discreto, tranquilo y tremendamente paciente.

Pilar le decía a menudo que era como los buenos vinos que mejoran con los años. Se mantenía en forma y su pelo canoso le hacía interesante.

El regreso a casa fue en silencio, cada uno se afanaba por encontrar la versión más verosímil que condujera a un final feliz.

Estaban sumidos en un cruel tormento que se acrecentaba según pasaban las horas.

Hasta el momento nadie sabía nada, ni el paradero, ni las circunstancias de la desaparición. Pendientes constantemente del teléfono por si recibían cualquier novedad.

Súbitamente sonó el telefonillo y Pilar fue rauda a contestar.

—¿Es usted Pilar López Díaz?—dijo una voz femenina.

—Si soy yo, ¿dígame?

—Abra la puerta por favor, policía nacional.

Pilar sintió como se le encogían las entrañas, el corazón le iba a mil por hora. Un repentino calor le abrasaba la cara y sentía un dolor punzante en la nuca.

Las piernas le temblaban apenas podía respirar y se le nubló la visión. Pedro la sostuvo, parecía que se iba a desmayar.

Llamaron al timbre y Pedro abrió la puerta rápidamente.

Allí estaba Doña Macaria flanqueada por dos policías nacionales. Llevaba una mascarilla de tela estampada. Vestía su falda negra, una blusa color crema y además de su bolso llevaba una bolsa reutilizable del supermercado.

Pilar estaba tan aturdida que solo podía balbucear.  Entraron y Pedro los acompañó al salón. Ayudó a sentarse a su mujer que estaba sufriendo una subida de tensión. Se apresuró a llevarle un vaso de agua y le dio una pastilla.

Antes que Macaria pudiera explicarse, la mujer policía se acercó a Pilar para interesarse por su estado.

—Doña Macaria, ¡Qué alegría! ¿Dónde estaba usted, ¿Qué le ha pasado? ¡No sabe lo preocupados que estábamos! —dijo Pedro abrazando a su suegra. 

—Señor, por favor mantenga la distancia social, porque ustedes no viven juntos y la señora pertenece a un colectivo muy vulnerable. Lo siento, sé que es duro, pero nosotros estamos para que se cumplan las normas.

—Lo siento agente, me ha salido sin pensar.

Macaria se sentó sonriente y con un brillo especial en sus ojitos achinados. Dejando a su izquierda la bolsa.

—Si ya sabía yo que no podéis vivir sin mí. A cuento de qué tanta preocupación. Tengo mi vida y una edad como para que me regañéis como si fuera una niña. Afortunadamente todavía me puedo cuidar yo sola porque tengo buena salud y cabeza.

—Pero Macaria, compréndalo no hemos sabido nada de usted en diez días. No nos comentó nada y como es natural al ver que no estaba en su casa, nos preocupamos mucho y por eso avisamos a la policía. Yo creo que es bastante comprensible; su hija está de los nervios desde la tarde que fue a la peluquería. Dígame; ¿Dónde ha estado todos estos días?

—Salí de la peluquería y fui a casa de Hortensia, estaba dale que te pego con la máquina de coser. Me contó que quería hacer quinientas mascarillas para llevarlas a Caritas y quise ayudar. Fue a traerme un refresco y me di cuenta de que cojeaba. Me contó que se había resbalado en la cocina, se había torcido un tobillo y le dolía mucho. Así que decidí quedarme con ella para atenderla. Eso es todo.

Pilar se recuperó levemente e instó a su madre.

—¡Mamá por Dios!; ¿Cómo no nos has llamado en todos estos días? Una llamada mamá… ¿acaso era tan difícil?

—¡Hija mía!, ¡Cuánto siento todo esto! ¿Te encuentras mejor? Mira que si por mi culpa te pasa algo, no me lo perdono.

Eso quise hacer, pero eché mano al bolso y el teléfono no estaba. Lo olvidé en casa. Intenté llamarte desde casa de Hortensia, pero no encontré el papelito donde tenía apuntados los teléfonos importantes y yo de memoria no me los sé. Al final me enfrasqué un día con otro en atender a la pobre Hortensia que apenas podía moverse y en terminar las mascarillas.

 Lo siento, se me olvidó totalmente avisaros. Hasta esta tarde que he salido a comprar y he visto un cartel enorme con mi foto. He llamado a la policía para avisar que no estaba desaparecida. Estos señores tan amables han avisado a un médico para que fuera a visitar a Hortensia y me han traído a vuestra casa. Lo conseguimos aquí traigo las quinientas mascarillas para llevarlas a Caritas mañana a primera hora.  

Silvia Jimeno Vázquez

3 respuestas a “Desaparecida”

  1. Avatar de Ana Maria Bouza Calvo
    Ana Maria Bouza Calvo

    Me has emocionado Sivi

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    1. Avatar de Ana Maria Bouza Calvo
      Ana Maria Bouza Calvo

      Silvi

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    2. Avatar de El Arte de re(la)tarte
      El Arte de re(la)tarte

      Mil gracias Ana, si te gusta el suspense te recomiendo el Sr. Farrell de Paloma Berzosa está en acción/suspense. 👌

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