«Abuelo, todavía no me hago a la idea que ya no estés, ha sido todo tan rápido.

 Han pasado dos semanas y sigo sin creérmelo, te busco a la salida del cole, aunque sé, que nunca más vendrás». 

Álvaro dio un profundo suspiro y mordisqueó sin ganas el bocadillo. Se sentía tan extraño y lamentaba encontrarse allí sentado en el banco del parque con su madre. Él lo que quería era estar con su abuelo, buscando algún animal en aquel preciso espacio verde. Poblado de una gran variedad de flora y fauna, como le había enseñado su abuelo Fulgencio.   

—¡Vamos cariño, cómete la merienda y luego podemos ir a explorar a ver si vemos alguna ardilla!

—No tengo ganas mamá. —replicó cabizbajo y anodino.

—¿No te apetece merendar o que demos una vuelta? —preguntó ella, rodeándole con el brazo derecho, trayéndolo hacia sí con dulzura y besándole en la cabeza.

—No quiero hacer nada, déjame en paz — contestó arisco separándose de su madre.

—Tranquilo, si lo prefieres, ve a dar un paseo a lo mejor después si tienes ganas de merendar y de explorar juntos. —Álvaro se levantó, la miró con cierto desdén y contestó con un lacónico.

—Vale.

—Recuerda, no te alejes demasiado.

Álvaro dio una patada a una piña seca, caída en el suelo e inicio sus pasos sin mirar atrás. Según se alejaba, le llamó la atención un resplandor que se dejaba ver entre las ramas de los pinos y se dirigió al lugar.

A medida que se acercaba le envolvía una serie de sensaciones…la brisa le traía aromas entremezclados de los pinos, la resina, los eucaliptos, las sutiles fragancias de los almendros y las mimosas. Cerró sus ojos e inspiró profundamente “ese olor a campo” y en su mente vio a su abuelo sonriéndole. De nuevo le invadió la pena, lo añoraba tanto. Era muy duro para un niño de once años perder a su abuelo.  

Siguió caminando y descubrió la fuente de la inaudita claridad; eran haces de sol que se reflejaban en los troncos de los robustos pinos, impregnados de resina. El efecto se multiplicaba iluminando las hojas de las encinas y de los olmos que estaban detrás.

El niño experimentó la sensación de encontrarse en un escenario distinto, aunque podía reconocer todo lo que le rodeaba, pero diferente.

—Hola, pequeño ¿Tú eres el nieto de Fulgencio?, ¿verdad? —se escuchó una voz aguda y simpática desde lo alto del pinar que estaba justo enfrente de él.   

Álvaro, mirando arriba, buscaba de donde procedía aquella voz tan singular. Su sorpresa fue mayúscula cuando observó a una ardilla roja parada, mirándole.

—¿Cómo es posible que una ardilla me esté hablando?,¿Por qué sabe quién soy? ¿De qué conoce a mi abuelo? —se preguntó Álvaro atónito.       

—En esta parte del bosque, todo es posible querido niño. —contestó la ardilla roja mientras descendía del tronco para llegar justo a la altura de los ojos del chiquillo.

—¿Cómo sabes todo eso? —insistió Álvaro, perplejo, pero aceptando aquella mágica situación.

—En el bosque sabemos muchas cosas, estamos unidos a la Madre Tierra y ella nos susurra su sabiduría, solo hay que saber escucharla.

—¡Me parece genial!, entonces, ¿estoy en un bosque mágico?

—Podríamos decir que sí, querido amigo, pero todavía no has respondido a mi pregunta, aunque sé que sí lo eres. Tú eres el nieto de Fulgencio porque te hemos visto muchas veces con él explorando en el bosque.   

—Si soy yo. —contestó mirando de nuevo al suelo.

—Entendemos tu tristeza y queremos darte muchos ánimos para que puedas superar su pérdida.

—Gracias ardilla, todavía no me lo creo, sabes mi abuelo era casi mi mejor amigo. Desde que recuerdo siempre ha estado conmigo.

—Si lo sabemos, tus padres trabajan mucho y tus abuelos han cuidado de ti desde que eras un bebé.

Al principio veíamos a tu abuela pasearte en el carro por el parque. Cuando empezaste a andar fue tu abuelo el que iba tras tus pasos titubeantes, te consolaba cuando te caías y jugaba conmigo todo el tiempo.

—¡Mi abuelo era el mejor del mundo!; me ayudaba con las tareas, me enseñó a montar en bici y todo lo que sé sobre los animales. Además, me iba ayudar para convencer a mis padres de que me dejaran adoptar un perro.

—Eso está muy bien. —respondió un autillo con voz grave que se encontraba escondido en el hueco de una encina próxima.

Álvaro se giró ya sin sorpresa, entendiendo que estaba en un lugar mágico. 

—¡Ojalá, mis padres me dejen! —exclamó con inusitada ilusión.

—Todos estáis pasando por un momento difícil.  Quizás, si convences a tus padres que serás responsable y cuidarás de él, te permitan adoptar uno.

—¡Eso estaría genial!, sería el mejor niño del mundo cuidando de su perro.   

—Sería una maravillosa manera de ayudaros a superar el duelo. A tu abuelo le habría encantado. —continuó el autillo.

—Eso seguro, mi abuelo me contó que de niño siempre quiso tener un perro; pero no le dejaron. Me decía que aquellos fueron tiempos difíciles y que no se lo podían permitir.

—Lo sabemos Álvaro, fue su gran deseo, pero para él no pudo ser. —se escucho una voz profunda y pesada que parecía venir de todas partes y de ningún sitio.

Álvaro incluso la escuchó como dentro de su cabeza, no sabía si era algo mágico, pero desde luego extraño sí.

—Hasta tenía un nombre elegido para él. —prosiguió la voz, que ahora era como la de Fulgencio y esta vez parecía provenir de la encina centenaria que se encontraba justo detrás de los pinos.

—¿Cuál era? —preguntó con curiosidad, mientras se acercaba.    

Al llegar se quedó atónito al contemplar el rostro de su abuelo sutilmente formado en el árbol que había cobrado vida.

Lejos de asustarse, se apresuró feliz a abrazarse al tronco.

—¡Abuelo!, ¿Ahora tú también eres mágico?

—En cierto modo se podría decir que si, querido Álvaro ¿Cómo estás?

—Ahora muy bien porque has vuelto conmigo.  

—Escucha Álvaro yo siempre estaré contigo en tu corazón y en tu memoria. Pero de forma física ya no será posible.  

—¿Qué quieres decir?, ¿Qué no te puedes quedar para estar juntos?

—Mi tiempo en este mundo terminó, pero ¿sabes cómo puedes hacer para que nos reunamos?

—No, por favor, ¿dime cómo?   

—Recordando todos los momentos vividos juntos, nuestros juegos, las risas, lo que aprendiste. Conserva las emociones que has sentido durante estos años. Así yo siempre estaré contigo, reviviré en tu alma.

—Preferiría que estuvieras más tiempo, pero creo que no lo puedes elegir, ¿verdad?

—Cierto, debo irme y me cuesta mucho si te veo así de triste. Además, me gustaría que hicieras algo por mí.

—Dime abuelo, ¿Qué quieres?

 —Me gustaría que cumplieras mi deseo de infancia.

—¿Adoptar un perrito?

—Exacto, tengo hasta el nombre pensado.

—Ah sí… dime, ¿cómo te gustaría llamarlo?

—Nemo.

—Mola.

—¿Sabes que significa?

—Claro es el Capitán del submarino de “Veinte mil leguas de viaje submarino”.

—Cierto y además en griego significa memoria y en latín nadie.

—Eso no lo sabía.

—De esta manera cuando estés con Nemo estarás feliz y nadie podrá borrar de tu memoria mi recuerdo, así estaré siempre a tu lado.    

—Abuelo, yo no te olvidaré, te lo prometo.

—Álvaro, debo marcharme ya, te quiero mucho. Dame un último abrazo. —dijo mientras su voz se atenuaba y su imagen se desdibujaba de la encina.

Todavía abrazado y con los ojos cerrados empezó a notar un fuerte viento y comenzó a llover.

—¡Hijo de mi vida!, por fin te encuentro. ¡Qué susto me has dado! ¿Estás bien?

— Hola mamá, si estoy bien. —dijo sonriendo.

—Estaba muy preocupada por ti. ¿sabes el tiempo que he pasado buscándote?

—Exagerada, si solo ha sido un rato.

—¿Me tomas el pelo? Llevo más de tres horas buscándote. Mira no ves que ya casi es de noche. No lo entiendo ya pasé por aquí antes y no estabas.

La lluvia disminuyó y el sol empujó algunas nubes para dejar surgir un inmenso arco iris.

Álvaro, sonriente, mirando al cielo, pidió un deseo que se cumplió días más tarde.

Silvia Jimeno Vázquez    

Dedicado a todos los abuelos que nos dejaron; especialmente durante la pandemia.

2 respuestas a “Fulgencio”

  1. Avatar de EJV
    EJV

    Me ha encantado…..recordando a esos maravillosos abuelos….siempre con nosotros

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    1. Avatar de El Arte de re(la)tarte
      El Arte de re(la)tarte

      Muchas gracias, si se lo merecen todo.
      Un saludo.

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