Allí permanecía yo sentado en el sofá orejero de terciopelo color caramelo. Preguntándome si, aquella mujer de poco más de treinta años era alguien cercano a mí. Debía de serlo, porque acababa de irrumpir en la sala de estar de mi casa. Al menos eso es lo que creía. Me refiero a que daba por hecho que aquél era mi hogar.

Me embargó una profunda tristeza cuando se acercó y dándome un beso en la mejilla dijo: «Hola papá».

Me preguntaba cómo era posible que no me acordara de ella, siendo como era, mi propia hija. Es más, en ese instante, ni siquiera sabía si tenía más hijos. 

No quería que se sintiera mal, ni que advirtiera que no me acordaba de ella. Por lo que me esforcé en continuar la conversación fingiendo que todo era normal. Trataba de tejer una realidad en base a la información que ella me iba proporcionando. Era para mí un angustioso juego de “adivina, adivinanza” que me llevaba a aparentar y disimular lo que mi cerebro se negaba a recordar.

De pronto, un olor intenso a caldo recién hecho invadió la estancia y como un destello, vino a mi mente la imagen de una familia numerosa comiendo alrededor de una mesa. Me descubrí a mí mismo presidiendo la escena. Ante mi propio asombro reconocí a mi mujer e hijos.

Todo me encajó durante un breve lapso. Me sentí tan satisfecho de mi descendencia que se me reflejó en la cara de inmediato, mi hija María se percató enseguida y me comentó que le encantaba verme feliz.

Por desgracia esos momentos de lucidez eran chispazos caprichosos y todo se tornaba oscuro, secreto e impenetrable. La garganta seca como un desierto, encogidas las entrañas y todo mi cuerpo tenso, enjuto, cansado y lleno de temor era agitado por un escalofrío que recorría mi espalda hasta la médula.

Paralizado, un instante por el vacío mental, eché mano en cuanto pude, al bolsillo derecho de mi batín y saqué una pequeña libreta que siempre me acompañaba, mi tabla salvadora de los cada vez más embravecidos mares del olvido. Me puse las gafas y busqué con avidez información más precisa que me ayudara a llevar la conversación a buen puerto sin naufragar en la travesía.  

Pero mis intentos fueron en vano y María me facilitaba, con cariño y disimulo, los datos necesarios para que la sinapsis pudiera conectar con mi memoria desvencijada.

¡Qué agonía en vida! Sentir como se borraba mi propia existencia a trompicones sin poderlo evitar. Otra vez ese vacío ingrato me invadía por entero y oscurecía todos mis recuerdos. Quedé prendido de mi inconexa y moribunda retentiva, reflexionando acerca de cómo iba a sobrevivir y perdurar en los demás si ni siquiera yo me acordaba de mí mismo, ¡menudo desvarío!

Mirando a través del amplio ventanal frente mí, observaba los diseños cambiantes de las nubes salpicadas en el cielo y contaba con mucho afán los aviones que lo rasgaban, pero muy a mi pesar, olvidé la cuenta.

Perdí la noción del principio y el fin, así que todo se tiño de un infinito eterno, perverso e insoportable que me golpeaba pertinaz.   

Desdichado de mí, ya no podía leer un libro, ver una película, no era capaz de recordar la página anterior, la escena previa. El tiempo pasaba intermitente a veces lento y pegajoso como un caracol y otras raudo y sutil como un pestañeo.

Eché un vistazo al reloj como un gesto inconsciente ya que no era capaz de medirlo, ahora lo sé…

Aterrado comprobé que mi esposa llevaba horas fuera de casa. Eso no era normal en ella, algo espantoso debía haberla sucedido. Este pensamiento apaleaba incesante mi cabeza mientras mi corazón me agitaba con fuerza exigiendo una acción.

Salí del piso, bajé a la entrada del edificio desesperado buscando ayuda.

“Mi mujer ha desaparecido, llamen a la policía” —gritaba desesperado.

El conserje trató de calmarme, insistiendo en que no había sucedido nada malo, que mi mujer solo se había ausentado para hacer la compra.  

Ofuscado en la tragedia hipotética que estaba convencido se había cernido sobre nosotros. En medio de esa incertidumbre densa, pude advertir la entrada en escena de una figura femenina, que no era otra que mi mujer, portando en sus manos, sendas bolsas del supermercado. Ante su rostro de estupor, quise desintegrarme en ese instante al ser consciente de mi error. Pero ella me pidió con cariño, sin darle importancia a lo precedido, que regresáramos a casa. Agradecí el apoyo incondicional que ella era para mí, en especial desde que esta maldita enfermedad se había manifestado, y me sentí reconfortado.

Así transcurrieron mis últimos años, olvidándolos entre recuerdos fugaces y dramas, a veces inventados, otras revividos en bucle.

No solo se debilitaba mi red neuronal sino el resto de mi cuerpo, cada vez más consumido y descarnado. Mi piel seca y fina se resquebrajaba como un viejo papiro y con una leve presión o golpe se me amorataba y rompía. Fue esta decrepitud total la que aceleró de forma inesperada mi final.

La debilidad en mis huesos provocó una rotura de cadera que me llevó al hospital y tuve que ser intervenido de urgencia, me pusieron una prótesis que no llegué a estrenar.

En la madrugada de la tercera noche acompañado por mi hija menor tuve un sueño en el que le pedía a Dios que me permitiera recordar, al menos durante un breve tiempo, lo que había sido mi vida y a mis seres queridos.

Solo necesité un minuto para acordarme de todo de forma instantánea. Así, dueño de mi cuerpo y de mi mente, tras dar mi último adiós antes de cruzar la frontera; lleno de quietud, suspiré y dormido exhalé mi último aliento.    

Silvia Jimeno Vázquez     

Dedicado a todas las personas que sufren o han sufrido enfermedades neurodegenerativas.

Casi quince años y te seguimos añorando como el primer día.

4 respuestas a “Memoria desvencijada”

  1. Avatar de Fernando
    Fernando

    Muy emotivo y desgraciadamente muy cercano en muchas familias

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    1. Avatar de El Arte de re(la)tarte
      El Arte de re(la)tarte

      Gracias Fernando, no solo sufren las familias, sino el propio enfermo, en este relato he tratado de expresar como se sienten.
      Gracias por leernos y seguirnos.

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  2. Avatar de Sylvie
    Sylvie

    Se me han saltado las lágrimas y se me ha encogido el corazón, pero es precioso!

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    1. Avatar de El Arte de re(la)tarte
      El Arte de re(la)tarte

      Gracias por leernos.
      Cuando nos toca de cerca nos conmueve mucho más.
      Un abrazo fuerte

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