Reto: Escribir un texto con humor.

Como casi siempre, iba al límite para llegar puntual a mi cita. Un último vistazo frente al espejo de cuerpo entero para comprobar que mi aspecto era impecable.

Aunque no me sentía cómoda con esta especie de “encerrona” que me había preparado Anabel con su mejor intención. Pensé que tampoco perdía nada acudiendo, se había esforzado tanto que no quería defraudarla, así que ya puestos, hice un despliegue de medios muy inusual en mí, todo por la causa.

Llevaba un vestido rojo espectacular de seda con grandes mangas largas abullonadas, cruzado delante con un pronunciado escote en uve, ajustado a la cintura y con un maravilloso vuelo, de bajo asimétrico más corto delante.

 A mi entender un poco excesivo pero mi amiga me había insistido en que debía ir muy elegante acorde con el restaurante elegido para la ocasión.   

Casi me daba vergüenza salir así a la calle, pero me puse mi abrigo largo negro y me apresuré a la parada del autobús. Nada más salir del portal me tropecé con una gualeta de una caja de cartón que se me enganchó como un perro en celo; Casi me caigo y me dejo el bajo del vestido en el intento de zafarme, “por suerte” solo me hice una carrera enorme en las medias.

Ya en el autobús abarrotado, iba de pie comprobando con el móvil la dirección del restaurante cuando se produjo un frenazo y yo acabé sentada sobre el señor del asiento situado justo delante de mí. Cuando vi su expresión de dolor me percaté que le estaba clavando el tacón izquierdo en su empeine derecho. “¡Uf qué dolor, pobre hombre!” —pensé y me disculpé abochornada según me incorporaba con una sonrisa forzada.

Bajé del vehículo y anduve siguiendo las indicaciones de Google, pero en sentido contrario, ¡tres minutos perdidos!, hasta que me cercioré del error, ¡típico en mí! Llegaba tarde así que apresuré el paso. Esquivé una baldosa rota en la acera y casi piso una caca de perro enorme y blanda.    

Llegué tan apurada, que no distinguí la puerta de cristal de la entrada, pensé que estaba abierta y me quedé con la cara pegada como una mosquita en un tarro de miel. El estruendo fue tal que todos se giraron y me miraron reprimiendo la risa. ¡Menudo golpe se llevó mi nariz! No sé si fueron los nervios, la escena cómica o qué… el caso es que empecé a reírme a carcajada limpia y no podía parar, mientras uno de los camareros me daba una servilleta para contener la hemorragia nasal. ¡Qué desastre de entrada! ¿Qué más me podía pasar?      

Un hombre alto, moreno, bastante atractivo vino apresurado para interesarse por mí.  

—¿Te encuentras bien? —me preguntó mientras sus ojos verdes esmeralda me miraban amables y me brindaba una cálida sonrisa.  

—Si, gracias, es más escandaloso de lo que es en realidad.  —añadí con voz nasal fruto del efecto de tener mi nariz todavía tapada con la servilleta. Una vez repuesta del súbito e irreprimible ataque de risa.

Observé que llevaba un pañuelo rojo en el bolsillo superior de su americana azul marino.

—¿Tú eres Carla?, ¿verdad?  —inquirió, inclinándose hacia mí para saludarme con un par de besos en las mejillas.

—Buenas noches, así es, amiga de Anabel, artífice de todo esto. ¿Tú eres Álvaro?  —contesté con cierta ironía e incredulidad. Manteniendo la cabeza alta para evitar el sangrado. —Me vas a perdonar, continué, pero, antes de nada, necesito ir al baño.

El personal del establecimiento fue muy amable conmigo en todo momento y me facilitaron unas gasas para taponarme la nariz y detener el sangrado. Los comensales siguieron a lo suyo y todo volvió a la normalidad, por poco tiempo.

En el aseo me lavé la sangre de la cara y manos y me retoqué como pude el maquillaje.  Al regresar al salón y dirigirme a la mesa donde estaba Álvaro, volví a sentir que algunos de los comensales me miraban a hurtadillas y susurraban. Me llevé de forma instintiva las manos al trasero por si se me había roto el vestido, todo estaba bien y clavé la vista en el escote por si alguno de mis pechos había decidido asomarse y conocer mundo, pero no. Todo estaba correcto así que puse los ojos en blanco y cara de resignación sin entender que les había hecho gracia, Igual solo era el recordatorio de mi entrada triunfal.  Cuando me iba a sentar en la mesa con Álvaro, éste me señalo la sandalia izquierda, llevaba pegada en la suela una ristra de papel higiénico del tamaño de una pitón.

—¿Pero qué demonios pasa hoy? Esto no es ni medio normal, a mí, estas cosas no me pasan. — ¡Menuda tarde llevo!—protesté mientras me sentaba e intentaba quitarme el “souvenir”. Es como si me hubieran gafado.

—No pienses eso, pero es cierto que a veces parece que el infortunio nos persigue y se ceba con nosotros. Tranquila eso nos pasa a todos y parece que hoy te ha tocado a ti. —comentó de forma calmada y dedicándome una sonrisa al final.

Le devolví el gesto y con mucha delicadeza me indicó que tenía los dientes manchados de carmín de labios. ¡Cómo no! El personal del restaurante se llevó la “serpiente” que permanecía inmóvil debajo de nuestra mesa. Prosiguieron las rutinas normales de atención, entrega de carta, sugerencias, recomendaciones de vino. Parecía que comenzaba a relajarme para poder disfrutar de la velada. Álvaro me pareció un hombre educado, de buen gusto y la verdad es que físicamente no estaba nada mal.

Fui a coger las gafas para leer la carta y me di cuenta de que las había olvido en casa, así que opté por una de las sugerencias del chef, solomillo con foie al Pedro Ximénez.    

Nos sirvieron el vino, un Ribera crianza y brindamos por nosotros. Comenzamos a charlar de forma animada y a conocernos. Teníamos muchas aficiones en común y cada vez nos sentíamos más cómodos.

El camarero que nos atendía fue a servirnos otra copa de vino y totalmente a destiempo puse mi mano sobre la copa para impedir que la llenara, pero tarde, con lo que me regó el vino sobre la mano y me llegó hasta el codo. ¡Menudo desastre y esta vez por mi torpeza!

Pero Álvaro se mojó un poquito los dedos y me puso una gota en la frente e hizo lo propio consigo mismo diciendo: “Esto da mucha suerte, alegría”.

No paramos de hablar durante toda la velada, conectamos muy bien y la cita, aunque accidentada fue todo un éxito. Estuvimos de acuerdo en volver a vernos pronto.

Yo no paraba de darle vueltas a todo lo sucedido, al día siguiente pasé delante de la tienda vintage de segunda mano donde había comprado el vestido rojo. Vi desde el escaparate una blusa color malva que me entusiasmó y entré. Conversando con la dueña, me habló de una extraña teoría suya de que la ropa se impregnaban de alguna forma de la esencia de las personas que la vestían, transmutándose en cierta medida.

Le pregunté si se acordaba de la anterior propietaria del vestido rojo. Me contesto que claro que sí ya que era una de sus mejores clientas; Una mujer de mucho éxito y admirada por los hombres a pesar de ser un pelín torpe.

      Silvia Jimeno Vázquez     

14 respuestas a “Una cita accidentada”

  1. Avatar de Fernando
    Fernando

    Me ha encantado, Silvia. Fiel reflejo de la realidad,

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    1. Avatar de El Arte de re(la)tarte
      El Arte de re(la)tarte

      Fernando,¿a quién no le ha pasado alguna de estas situaciones?
      Gracias por leernos. Feliz finde.

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  2. Avatar de Vilma Andrade
    Vilma Andrade

    ¡Fascinante!
    Un escrito con todos los ingredientes para querer la continuación..

    Buenas letras de viernes 🍷

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    1. Avatar de El Arte de re(la)tarte
      El Arte de re(la)tarte

      Gracias por tu sugerencia, gracias por leernos y disfruta del finde, un abrazo Wilma. 🤗

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  3. Avatar de zughelys
    zughelys

    Me encanto 🤣🤣🤣. Excelete final

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    1. Avatar de El Arte de re(la)tarte
      El Arte de re(la)tarte

      Gracias amiga, me alegra mucho disfruta del finde☺️🤗

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  4. Avatar de Marianella
    Marianella

    Muy buen texto. Un abrazo

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    1. Avatar de El Arte de re(la)tarte
      El Arte de re(la)tarte

      Gracias Marianella por leernos y comentar. Un abrazo.

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  5. Avatar de Ivan
    Ivan

    Me ha gustado mucho Silvia. Estoy en la espera del próximo cuento.

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    1. Avatar de El Arte de re(la)tarte
      El Arte de re(la)tarte

      Muchas gracias Iván, cuidaros mucho y un abrazo.

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  6. Avatar de
    Anónimo

    Silvia : Un relato divertido y real. A torpe no me gana nadie

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    1. Avatar de El Arte de re(la)tarte
      El Arte de re(la)tarte

      Verdad que no soy la única! ☺️
      Gracias por leernos 😘

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  7. Avatar de Ana Maria Bouza Calvo
    Ana Maria Bouza Calvo

    Bonito relato Silvia, me recuerda mi torpeza

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    1. Avatar de El Arte de re(la)tarte
      El Arte de re(la)tarte

      Ana, no es torpeza son los duendes y hadas que andan haciendo travesuras. 😊
      Gracias por seguirnos y comentar. 😘

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