Reto sobre los sentidos.
Mientras esperaba el bus, mi nariz se activó al percibir el olor inconfundible de los churros recién fritos de la feria instalada a dos calles. Cerré los ojos y se me escapó una sonrisa al recordar cuánto disfrutaba cuando mis padres me llevaban a la feria siendo una niña, tendría unos nueve años.
En el acceso principal había una estructura de hierros y placas metálicas policromadas con los dibujos de las principales atracciones el pulpo gigante, el barco pirata, los coches de choque… Sobre ella un enorme rótulo de neón, dónde se podía leer “Mundo Fantasía” con sus luces intermitentes que cambiaban de color.
Nada más entrar, podías oler las golosinas de mi puesto favorito “Dulcelandia”, mi boca comenzaba a ensalivar solo con los aromas de las mil variedades de delicias dispuestas de forma tan cuca que te morías por probarlas todas. Me encantaban las gominolas blanditas con forma de fruta, mis favoritas eran las de fresa, mora y naranja. Esos sabores tan ricos que te inundaban y no podías dejar de comer. El gustillo perduraba igual que el arco iris de mi lengua teñida por los diferentes dulces.
Me quedaba ensimismada, casi de forma hipnótica, mirando las interminables vueltas que daban al palo del algodón dulce hasta que se llenaba y parecía un árbol o una nube rosa pastel. Daba un pellizco leve de aquel suave, casi etéreo manjar y apenas lo comías, se fundía y desaparecía dejándote el paladar lleno de dulzor.
Aquellas manzanas bañadas en caramelo brillantes y rojas, eran piezas de artesanía culinaria que no podían faltar nunca en la feria.
Recorríamos todo el recinto y yo no paraba de mirar de un lado a otro fascinada por los puestos de la tómbola llenos de peluches preciosos y juguetes llamativos. Las atracciones con sus movimientos trepidantes a veces me provocaban hasta vértigo. Sus bocinazos que te apresuraban a montar porque comenzaba el viaje, recuerdo esa sensación que te subía desde el estómago y te hacía gritar de emoción. Cómo se alzaban los gritos y las risas de los niños y no tan niños sobre las músicas estridentes.
Era uno de esos primeros días de mayo en el que ya se vislumbraba el verano. Me sentía sedienta entre la caminata, el calor y la hiperactividad provocada por tantos estímulos. Mi madre me compró una limonada grande con tapa y una pajita color rosa. Bastaron tres grandes succiones para dejar el vaso casi vacío de líquido y el hielo picado que era más blanco y abundante a mis ojos. Sentí como un torrente frío bajaba por mi garganta hasta la tripa y me refrescaba, por mi impaciencia, un poco de más.
“¡No lo bebas rápido que te va a sentar mal!”—exclamó ella.
Así, con las últimas luces del atardecer apurábamos el día festivo y siguiendo los guijarros al aire que desprendían las barbacoas encontrábamos el sendero a una agradable terraza con manteles de cuadros rojos y blancos de papel. Degustábamos variedades de carne a la brasa. Mis favoritas siempre fueron las alitas de pollo, bien crujientes y jugosas, me encantaba comerlas con las manos y me chuperreteaba los dedos. Era de las pocas ocasiones en que no me regañaban por tener esos modales en la mesa.
Ya era noche cerrada cuando nos marchábamos con el lugar más brillante y vivo, si cabe y desde la puerta giraba la cabeza para una visión rápida que retener en mi memoria hasta la feria del próximo año. “¡Hasta pronto, Mundo Fantasía!”
Silvia Jimeno Vázquez

